En marzo de 1999 éramos mercenarios sin compasión.
Conocíamos la ilusión del escritor que lleva su
obra a la oficina de correos y la respiración contenida
con la que, meses después, se abre la carta de rechazo.
¿Cuántas depresiones habrán provocado esas cartas?¿A
cuántos escritores de raza habrán desalentado? E incluso al revés.
Informes de lectura que se resumían en : “esto es una mierda infumable” se
convertían en literatura epistolar tan esperanzadora como: ”...sin
demérito de la calidad literaria...” “...estamos seguros de
que no tendrá problemas para encontrar otra editorial...” “...por
problemas de programación nos vemos obligados a rechazar...”
Pero nosotros éramos inmisericordes. Vivíamos
entre toneladas de papel y apremios de los editores; leíamos
en casa, en editoriales, en el autobús, en la sala de espera
del médico, en los funerales. Muchos son llamados, pocos
los elegidos. La piedad era un lujo que no podíamos permitirnos.
En aquel premio de 1999 yo tenía orden de
hacer un primer filtro antes de entregar las obras a los lectores.
La editorial acababa de ser absorbida por un gran grupo y abaratar
los gastos era tan prioritario como encontrar un genio. Sólo
un genio podría ayudarnos a convencer a la nueva dirección
de que no concedieran el premio a uno de los de siempre, fácil
de vender.
Inasequibles
al desaliento, había originales que viajaban
de una editorial a otra, de grandes premios a concursos de
asociaciones vecinales. Algunas de aquellas viejas conocidas
eran legendarias
entre los lectores.
En pocos días, la torre de los rechazados crecía
hasta amenazar mi integridad física. Semanas después,
la torre se había convertido
en fortaleza.
Entre los perdedores había plumas que nunca llegarían
a ser ni mediocres, porque el tiempo que les quedaba de vida no
les alcanzaría para leer todo lo que necesitaban. Pero
también había escritores que nos habían gustado.
Que tenían algo, que todavía no estaban maduros.
En aquella pila de papel para reciclar o quemar, había
magníficas ideas, voces propias, carreras que podrían
llegar a ser sólidas algún día.
Y sentí la tentación de explicarles por qué llevábamos
años partiéndoles el alma.
Se estaba desperdiciando mucha energía. Los escritores
sólo recibirían negativas que entenderían
como invitaciones a claudicar y nosotros siempre andaríamos
con una extraña sensación de impotencia culpable.
Para aquellos que habíamos crecido en la profesión,
el trabajo comenzaba a quedarnos pequeño. Sabíamos
que podríamos sacar más provecho de nuestra experiencia.
No sólo podemos aconsejarle a un editor qué libros
publicar. También podemos explicarle al escritor las razones
por las que su libro podría ser rechazado. O contratado.
En 1999 hablé por primera vez con colegas de otras editoriales:
Debate, Alfaguara, Páginas de Espuma, Espasa-Calpe, Planeta...
y les planteé la idea de Proscritos. Ninguno sabíamos
qué podría pasar, pero se ofrecieron a colaborar
conmigo si necesitaba ayuda.
Desde entonces son colaboradores de Proscritos,
los fieles lectores que pueden aprovechar su experiencia
para trabajar más
cerca de los autores. Ellos leen en profundidad cada obra que
nos llega, ellos elaboran los informes que tan útiles resultan
a muchos de quienes confían en nosotros, ya sean aventureros
literarios o escritores de raza.
Hemos crecido. Trabajamos también con teatro y guión
cinematográfico, con escritores, dramaturgos y guionistas
de habla hispana en todo el mundo. Proscritos
La Revista se ha convertido en el buque insignia de nuestra flota, con
diversidad de contenidos para los obreros de todo género
de letras, para los amantes de la lectura, del teatro, del
cine. Para cualquiera que tenga inquietudes.
Durante todo este tiempo hemos sido los ojos
de escritores que se encontraban ciegos ante sus obras, hemos
analizado cientos
de obras y hemos hecho amigos en todo el mundo. Empezamos a
asistir a los primeros frutos de nuestro trabajo: algunos
ya están
publicando y recibiendo premios.
En marzo de 1999 éramos mercenarios sin compasión.
Hoy somos Proscritos al servicio de quienes se sientan perdidos
en el laberinto de su obra.
Marisol Oviaño García
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