Chejov es uno de los cuentistas más influyentes de la historia de la literatura universal, hasta el punto de que hay quien divide este género entre los seguidores de Poe y los del autor ruso, clasificación excesivamente reductora pero útil. También su teatro resultó bastante influyente –sobre todo desde que Stanislavsky lo utilizara para poner en práctica su método actoral– pero menos que sus relatos. Anton Pavlovich Chejov escribió algunas piezas dramáticas menores y cinco grandes dramas en cuatro actos, entre 1887 y 1904, fecha de su fallecimiento a causa de la tuberculosis. Por cierto, Raymond Carver dedicó un magnífico cuento –creo que curiosamente el último publicado antes de su fallecimiento– a la enfermedad y la muerte de su mentor Chejov: Tres rosas amarillas. El primer estreno chejoviano fue Ivanov, una obra, como todas las suyas que realiza un retrato psicológico de la pequeña burguesía rural –a veces provinciana–. El teatro de Chejov se caracteriza por una absoluta falta de acción. Si algo tiene que suceder, suele ocurrir fuera de escena. El resto del tiempo los personajes hablan de sus problemas anímicos que hacen que su personalidad evolucione o de asuntos banales que van componiendo el ambiente que el autor desea mostrar. A menudo los problemas económicos están presentes: suele haber aristócratas venidos a menos y plebeyos recientemente enriquecidos que empujan a los privilegiados de clase. Todo esto está presente en Ivanov, donde se añade el interesante tema del antisemitismo. En esta pieza los personajes son tratados sin piedad pero también sin maniqueísmo. La única víctima absoluta es Sara, la mujer judía de Ivanov que, enferma de tuberculosis, ha de soportar el desprecio de su marido y los comentarios de los que están a su alrededor. Como hará posteriormente, Chejov cierra este drama de manera bastante abrupta. Aunque tiene un texto interesante y apunta ya todos los rasgos del teatro chejoviano, se trata de una pieza algo tosca en su realización, con parlamentos excesivamente largos que lastran su ritmo. Destaca en ella un detalle no demasiado relevante pero significativo de las inquietudes culturales de Chejov: este autor incluye referencias culturales en muchos de sus cuentos y casi todos sus dramas; aquí, además de éstas, son notables las referencias metateatrales, que se multiplicarán en su siguiente estreno. La gaviota, efectivamente, es una obra cuyo tema esencial es el teatro y el arte, pues lo que en ella está en conflicto es el arte consagrado –ejemplificado en la actriz Arkadina y su amante el escritor Trigorin– frente al arte nuevo, que intenta romper con aquél pero que se topa con el rechazo del público –encarnado en el escritor Treplyov, hijo de Arkadina, y su novia Nina–. La trama personal y la tesis están tan bien enlazadas que al final es una discusión sobre el progreso del arte lo que provoca el desenlace. La gaviota fue un fracaso en su estreno de 1896, lo que en cierto modo prueba que el teatro consagrado todavía no había sido desplazado por el arte nuevo. Su siguiente obra, Tio Vanya, cierra la producción decimonónica de Chejov. Esta pieza no lleva el subtítulo habitual de comedia o drama, sino que se ofrece como ´escenas de la vida rural`. En ella Chejov lleva más allá aún su intento de tratar el conflicto por medio de una sucesión de escenas cotidianas en las que no ocurre nada, aunque poco a poco va ocurriendo todo. El amor es un tema esencial en toda la producción dramática chejoviana y aquí se constituye como núcleo de la trama. Tio Vanya es probablemente la obra más representada de Chejov, pues dramáticamente es la más lograda, con un gran dominio del ritmo y del subtexto. Ya en el siglo XX se estrena Las tres hermanas, que supone un cambio de espacio de la finca rural a la casa provinciana, aunque el ambiente es muy similar. En esta pieza, además del consabido argumento amoroso, se representa fundamentalmente el tedio de la vida en provincias. Las hermanas –sobre todo dos de ellas y con especial desesperación Irina– quieren volver al Moscú que conocen, aunque las circunstancias se lo impiden. Además se incorpora un grupo de personajes, los militares, a los que Chejov disecciona psicológicamente y que, por otra parte, constituyen el único entretenimiento de la ciudad –cuando se marchan, ésta se hundirá en el más profundo hastío–. Las tres hermanas es, a mi juicio, la obra menos interesante de las cinco, aunque se trata de una pieza igual de sobresaliente. El jardín de los cerezos finaliza la obra dramática de Chejov en el mismo año de su muerte. Es un texto muy interesante sobre la decadencia de la aristocracia rural en un nuevo tiempo en el que el dinero pesa más que los títulos y si aquél falta, éstos no sirven para nada, aunque el orgullo de los nobles no se lo permita ver. En este drama, más que en ningún otro el final es abrupto e inesperado, ya que un personaje secundario adquiere el protagonismo e ilumina una sorprendente consecuencia de la decadencia de la aristocracia. En El jardín de los cerezos el arte dramático de Chejov está ya plenamente desarrollado. Las obras teatrales de Chejov son todas interesantes y necesarias para comprender la historia del teatro universal. Sin embargo, han sido sus cuentos los que verdaderamente han cambiado el curso de la literatura. Además poseen una escritura muy superior a la de sus dramas. No estaría mal por tanto intercalar la lectura de estas piezas dramáticas con la de sus relatos.
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