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MONOGRÁFICO > EL DINERO EN LAS ÓPERAS DE BRECHT-WEILL

El dinero en las Óperas
por Luis Navarro

de Brecht-Weill

Apenas un lustro antes de que el monstruo nazi ganara democráticamente las elecciones y comenzase la destrucción de Alemania, una pareja se reunió para dar una vuelta de tuerca al concepto de obra total que Wagner propugnaba en sus óperas y orientarlo hacia la representación popular y cabaretera del lumpenproletariado, siempre con el fin de agitar conciencias y llamar a la revolución progresista por medio de la representación de las miserias del capital.
Esta pareja, bastante burguesa por cierto –aunque no más que otros artistas antiburgueses como Jean-Luc Godard– respondía al nombre de Bertolt Brecht y Kurt Weill y su unión dio cuatro frutos maravillosos entre 1928 y 1933; en orden cronológico: Die Dreigroschenoper –llamémosla La ópera de la perra gorda, aunque también se la llame de cuatro cuartos o de tres peniques–, 927– y Los siete pecados capitales. Brecht y Weill colaboraron, además, en una pieza radiofónica de carácter didáctico que presentaba la hazaña de Charles Lindbergh al atravesar el Océano Atlántico por primera vez en avión como un síntoma del momento de progreso que vivía el mundo y del abandono de los viejos tiempos capitalistas. Pero lo que nos interesa son estas cuatro obras que se hallan entre la ópera y el teatro musical y en las que el dinero tiene una importancia capital.
La ópera de la perra gorda nos sumerge en los bajos fondos de Londres, donde Mackie Navaja –también atiende por Mackie Cuchillo, pero preferimos el primer apelativo por la identificación con el famoso personaje español de cómic–, un delincuente respetado por su ferocidad y buen amigo del corrupto jefe de policía, decide casarse con Polly Peachum, que es nada menos que la hija del honesto empresario Peachum, controlador dHappy end, Ascensión y caída de la ciudad de Mahagonny
–refundición de una pieza de 1e todo el cotarro de la mendicidad londinense. Al señor Peachum no le gusta nada el marido de su hija, cuya afición a las mujeres –preferentemente prostitutas– le perderá una y otra vez a lo largo de la obra. En esta pieza, en la que Brecht busca su deseado distanciamiento a través de la caricatura y el esperpento –y de la música–, el dinero no está tanto en el argumento –aunque a ratos aparece– como en los personajes; más exactamente en su oficio, ya que tienen profesiones muy ligadas a lo puramente monetario, sin satisfacciones de otro tipo: ladrones, mendigos profesionales, putas y policías sobornables. Como dice la primera didascalia, aquí los mendigos mendigan, los ladrones roban y las putas se prostituyen. Nada más.
Lo mismo sucede con Happy end, un intento por parte del empresario que puso La ópera de la perra gorda de repetir su éxito un año después. En esta comedia musical taberneros, prostitutas y soldados acaban cantando un Hosanna a la Norteamérica del capital, pues se han enriquecido. Entre medias, una rara historia de amor y dos de las canciones más memorables de Kurt Weill: Bilbao Song y Surabaya-Johnny.
No ocurre igual, sin embargo, en Mahagonny, pues en ella lo crematístico es un elemento esencial del conflicto. Esta ópera construye una ciudad paradisiaca en la que sus visitantes pueden comer hasta morir de empacho, fornicar, disfrutar de extremos combates de boxeo y beber hasta caerse, siempre y cuando tengan dinero. Cuando éste se acaba y algún hombre, como le sucede al personaje Paul Ackermann, no puede pagar lo que ha consumido, las consecuencias son trágicas. El dinero proporciona en la ciudad de Mahagonny –a la cual recuerda la reciente Dogville de Lars von Trier, un homenaje declarado a Brecht– una falsa libertad, un espejismo que desaparece al mismo tiempo que los billetes del bolsillo. Al final, una escena deforma grotescamente las pretensiones ocultas del capitalismo revelándolas en las pancartas de una manifestación. Lemas que reivindican la expropiación de los demás, la venalidad del amor, la libertad de los ricos y la honorabilidad de los asesinos no necesitan explicación.
La colaboración entre estos dos genios finaliza con Los siete pecados capitales, ballet cantado estrenado en París en 1933 –ya en el exilio– sin mucho éxito y dedicado a los vizcondes de Noailles, mecenas del surrealismo. Nada que ver esta pieza con el movimiento de Breton y compañía; se trata de un ejemplo magnífico de teatro épico y expresionista que presenta a dos hermanas, Anna I y Anna II que salen de su Louisiana natal a la búsqueda de un trabajo que ayude a sobrevivir a sus padres y sus dos hermanos. Anna II va pasando, durante siete años, por los siete pecados capitales que retrasan el envío de dinero a casa mientras Anna I lo cuenta al público. El día del estreno, Anna I estuvo interpretada por la espléndida Lotte Lenya, esposa de Weill y protagonista también del estreno de La ópera de la perra gorda, cuya grabación se encuentra disponible en disco. Se la recomiendo encarecidamente, pues los textos de Bertolt Brecht sin la música de Kurt Weill no están completos.

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