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MONOGRÁFICO > ESCRITORES CON DINERO

Escritores con dinero
por Miguel Pérez de Lema

literatura y dinero

Existe una segunda división mitológica en el santoral de los escritores formada por los afortunados, por los que llegaron a tiempo, por los que comieron caliente y tomaron postre. La justicia poética sitúa en primera línea a los perdedores, como si el dolor fuera una fuente de inspiración y el hambre una prueba de virtud. Por lo demás, da más juego la biografía del derrotado, del antihéroe de las letras, y de ahí que las biografías del éxito hayan cedido protagonismo a las de los desgraciados. La biografía de escritor, como género, ha tomado el molde de la hagiografía, de las vidas de santos, y por eso la mortificación, el sacrificio y la costra del escritor desgraciado han sustituido a la mortificación, el sacrificio y la costra de los santos eremitas.
Hoy, sin embargo, hablaremos de los escritores ricos. Y lo haremos guardándonos en el bolsillo el dedo acusador, ese dedo acusador que afilan los envidiosos y que busca señalar al escritor que no sólo está al corriente en el pago de la luz sino que vive como un príncipe y escribe como un rey de las letras. Nos cercenamos definitivamente el dedo acusador porque creemos que el escritor que se enriquece con sus libros es una flor exótica, que debe ser resguardada, y que su opulencia no sólo no es vergonzante sino que debiera de ser alentadora.
Un día le llega a Camilo José Cela un encargo delirante. Escriba usted –que lleva cuarenta años escribiendo novelas- un drama, paga la Administración Pública. El escritor, que no es dramaturgo, responde lanzando un órdago de farol: 100 millones por la obra, o nada. Le dan los cien millones y el escritor escribe, naturalmente, una obra irrepresentable. La obra no se representa. La profesión le pone a parir como siempre.
Benito Pérez Galdós se hace un nombre grande con los Episodios Nacionales, le meten en política y sale diputado por Puerto Rico sin haber pisado la isla, y hace un capitalazo escribiendo para el teatro. Es la figura literaria de su tiempo, una gloria nacional en vida, y sigue siempre insistiendo en cobrar su trabajo lo mejor que pueda, como un abogado de prestigio, un notario ilustre o un cirujano cotizado. Pero cae sobre él la anécdota. Valle Inclán, que es mucho mejor escritor pero es pobre, le llama Benito el garbancero, y Galdós pasa a los anales del corrillo literario como un pícaro, como un carterista de las letras. Al parecer, cuando las novelas por entregas, se cobraba por líneas y Galdós usa mucho del diálogo picado, con una o dos palabras por línea, para rentabilizar al máximo el esfuerzo. Benito el garbancero, la gloria nacional y el prohombre ajusticiado por reclamar el mejor pago para el oficio, por burlar las condiciones miserables que imponían los editores.
La Rowling, que escribió la primera entrega del niño que vuela sobre la mesa de una taberna, viviendo de la seguridad social, se ha hecho multimillonaria. Ahora, mira al mundo con desprecio, no cede entrevistas y vive en un castillo. Se comporta como una estrella del Pop, caprichosa, soberbia, riquísima. Está en el Olimpo de los millonarios, a salvo de la crítica, de la industria, del oficio, escribiendo. No se lo perdonan.
Se pueden seguir enhebrando anécdotas sobre los escritores con dinero, de los que se quiere sospechar tan bobamente. Con estas pinceladas lo dejamos por hoy, mientras miramos en el fondo triste de la papelera nuestro amputado dedo acusador y quedamos satisfechos de no tener la menor intención de correr con él al hospital para que nos lo recompongan.

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