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LITERATURA > CRÍTICA DE LIBROS

PLATAFORMA, de MICHEL HOUELLEBECQ
por Antonio Jesús Luna

EL NIHILISMO COMO FORMA DE EVOLUCIÓN/CONDENA BIOLOGICA

Tercera novela de su trilogía sobre Occidente y la condición humana, Plataforma mantiene el pulso argumental y narrativo de los textos anteriores de Houellebecq. Una visión desencantada y herrumbrosa del hombre donde, de nuevo, el sexo, la soledad, el miedo o la decadencia vital son punto de partida y punto de llegada. Asuntos tratados con un extremismo por el que se ha convertido en un personaje polémico, odiado y casi perseguido. De hecho, estuvo un par de años desaparecido para escapar al background social que había contra él. El nihilismo biológico desde el que Houellebecq descubre el mundo provoca desconcierto allí donde se publican sus libros. En el caso concreto de Plataforma, el hastío vital es el pretexto para establecer los vínculos necesarios entre la desolación sexual de Occidente y la libertad carnal del tercer mundo. Un tema polémico y delicado que el autor resuelve sin ningún tipo de prejuicio y con una agilidad argumental muy de agradecer. El hundimiento del hombre es inevitable. Así lo ve Houellebecq y así lo hace constar en las trescientas páginas de este libro denso y decadente.

Pero en esta ocasión, en vez de analizar de una novela que hace aguas por algunos frentes, que resulta demasiado larga y en la que algunos personajes caen víctimas de las tesis del autor; en vez de hacer una crítica, lo más sensato es tomar alguno de sus párrafos. Vistos de forma aislada tal vez no den la impronta coherente que sí tienen en el conjunto. Aun así, poseen la fuerza suficiente para resumir la metafísica sórdida y hastiada de este novelista, músico y, en algún caso, artista escénico.

“El deterioro de la sexualidad en Occidente era, sin duda, un fenómeno sociológico y masivo, y resultaba inútil intentar explicarlo mediante tal o cual factor psicológico individual; pero al mirar al Jean-Yves me di cuenta de que él ilustraba mi tesis a la perfección, tanto que casi me sentía incómodo. No solamente ya no follaba ni tenía tiempo de intentarlo, sino que en realidad ya ni siquiera tenía ganas, y aún peor, sentía inscribirse en su cuerpo esta pérdida de vida, empezaba a sentir el olor de la muerte”. Pág. 213

“Lo que los occidentales ya no saben hacer es precisamente eso: ofrecer su cuerpo como objeto agradable, dar placer de manera gratuita. Han perdido por completo el sentido de la entrega. Por mucho que se esfuercen no consiguen que el sexo sea algo natural… Es imposible hacer el amor sin un cierto abandono… Nos hemos vuelto fríos, racionales, extremadamente conscientes de nuestra existencia individual y de nuestros derechos; ante todo queremos evitar la alienación y la dependencia; para colmo estamos obsesionados con la salud y la higiene; ésas no son las condiciones ideales para hacer el amor”. 216

“Así que por una parte tienes varios cientos de millones de occidentales que tienen todo lo que quieren, pero que ya no consiguen encontrar la satisfacción sexual; buscan y buscan pero no encuentran nada, y son desgraciados hasta los tuétanos. Por otro lado tienes varios miles de millones de individuos que no tienen nada, que se mueren de hambre, que mueren jóvenes, que viven en condiciones insalubres y que sólo pueden vender sus cuerpos y su sexualidad intacta. Es muy sencillo, de lo más sencillo: es una situación de intercambio ideal. El dinero que se puede hacer con eso es inimaginable: más que con la informática, que con la biotecnología, con la industria de la comunicación; no hay sector económico que se le pueda comparar”. Pág. 215.

“Los clubs de intercambio [de pareja] son una fórmula simpática, pero cada vez más pasada de moda, porque la gente cada vez tiene menos ganas de intercambiar algo; la idea de intercambio no cabe en la mentalidad moderna. En mi opinión, el intercambio sexual tiene actualmente tantas posibilidades de sobrevivir como el autostop en los años sesenta. La única práctica que significa algo en este momento es el sadomaso…”. Pág. 214

“[El sadomaso es] un universo puramente cerebral, con reglas precisas y acuerdos establecidos de antemano. A los sadomasoquistas sólo le interesan sus propias sensaciones, quieren saber hasta dónde pueden llegar por el camino del dolor, un poco como los aficionados a los deportes extremos… El sadomaso organizado, con sus reglas, sólo le interesa a la gente culta, cerebral, que ha perdido cualquier atracción por el sexo. Para todos los demás sólo queda una solución: los productos porno, con profesionales; y si uno quiere sexo de verdad, los países del Tercer Mundo”. Pág. 217

“Seguiré siendo hasta el final un hijo de Europa, de la angustia y de la vergüenza; no tengo ningún mensaje de esperanza. No odio Occidente, todo lo más lo desprecio con toda mi alma. Sólo sé que, tal como somos, apestamos a egoísmo, masoquismo y muerte. Hemos creado un sistema en el cual ya no se puede vivir; y lo que es más, seguimos exportándolo”. Pág. 315.

“Estamos aquí, dentro de la empresa, como bestias de carga bien alimentadas. Y fuera están los depredadores, la vida salvaje. He estado una vez en Sao Paulo; allí la evolución ha tocado techo. Ya no es ni siquiera una ciudad, sino una especie de territorio urbano que se extiende hasta donde llega la vista, con favelas, gigantescos edificios de oficinas, residencias de lujo rodeadas de guardias armados hasta los dientes. Hay más de veinte millones de habitantes, muchos de los cuales nacen, viven y mueren sin haber salido ni una sola vez de los límites del territorio. Allí las calles son muy peligrosas, incluso yendo en un coche te pueden rodear en un semáforo, o te puede seguir una banda motorizada: los mejor equipados llevan metralletas y lanzamisiles. Los ricos y los hombres de negocios se desplazan casi exclusivamente en helicóptero; hay pistas de aterrizaje en todas partes, en lo alto de los edificios bancarios o residenciales. A nivel del suelo, la calle pertenece a los pobres y a los delincuentes… En este momento tengo dudas, cada vez más dudas sobre el interés del mundo que estamos construyendo”. Pág. 179.