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Mi orgasmo no es como el del resto de la tripulación proscrita.
Yo soy mujer.
No sólo tengo orgasmos.
Además, paro con dolor.
Desde la experiencia que me da tener cuarenta años, dos hijos y una vida intensa y feliz, creo que podría decir que el orgasmo de los hombres es un asunto universal, algo que los hermana en la riqueza y en la pobreza, en la salud y la enfermedad. No importa la raza, la religión (salvo fanatismos), el color de la piel, la pasta que manejen, ni siquiera las tendencias sexuales. Desde muy jóvenes, los hombres saben lo que es un orgasmo.
Que levante la mano quien no haya participado durante su adolescencia en un concurso de pajas con los amigotes.
Sin embargo, recuerdo que yo, a los dieciséis años tenía que conformarme con lo que leía, con lo que me contaban mis amigas más mayores bajo juramento de guardar silencio. Con fantasear.
En el instituto había un grupito de agitadoras de masas que se dedicaba a escribir en las puertas de los baños la receta para lograr un buen orgasmo con tus propios dedos. Una y otra vez el jefe de estudios, hoy insigne crítico literario en los massmedia, ordenaba que se refregaran o pintaran las puertas. En vano. Aquellas sacerdotisas del onanismo volvían a la carga siempre. Llegué a aprenderme la fórmula de memoria, y una tarde que estaba muy aburrida, me concentré en John Travolta , puse el disco de Grease y lo intenté con más ahínco que pericia. Me aburrí soberanamente y sólo logré agujetas en la muñeca.
Poco después empezaría a acostarme con hombres.
Y creí que el orgasmo era esa alegría efímera como una olita de lago que me producía ver sus ojos en blanco. Tardaría algún tiempo en sentir el latigazo del placer, que me cogió por sorpresa, me volvió primero fuego y luego goma y me dejó una sonrisa que me duró una semana. Fue entonces cuando entendí el porqué de tanta literatura.
Sumando horas de vuelo comprendí que había orgasmos olita de lago y orgasmos tsunami, asumí que mi cuerpo podía ser una máquina de precisión y compartí el miedo de los hombres a encoñarse.
Asumí que el orgasmo es una unidad de poder.
Pero eso lo sé yo. Que he nacido en el primer mundo, en la época en la que mi país nacía a la liberación sexual y la democracia laica. Ni siquiera me atrevería a decir que lo sabemos todas las mujeres de mi generación. No todas han tenido la oportunidad de tener acceso a la información.
No tengo que remontarme mucho en el tiempo para encontrar mujeres que han tenido seis, ocho, doce, quince hijos y no saben lo que es un orgasmo. Mujeres a las que sólo se les ha confiado la misión de velar por la vida que traen al mundo, pero no se les ha permitido conocer los mecanismos del sexo, eso que relaja tanto al final de una dura jornada. Eso que hace que las madres de familia tengamos ganas de sonreír por la mañana.
Eso que hermana a los hombres pero parece sembrar la cizaña entre las mujeres.
Muchas mujeres del mundo no lo conocen porque, generación tras generación, sus madres les enseñaron a hacer lo que sus abuelas: abrir las piernas, cerrar los ojos y rezar a su dios para que las sacudidas del enemigo acabaran pronto. Y ¡ay de la que se le ocurra disfrutar!.
Antes esas mujeres eran nuestras abuelas.
Ahora muchas de ellas están aquí, entre nosotros.
Como la mujer que me limpia la mesa mientras esto escribo.
Marisol Oviaño
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