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Fútbol sexo
por Miguel Pérez de Lema

Entre las metáforas del fútbol, la de la representación de la castidad y la penetración nos parece de las menos difundidas. Una de las razones por las que se trata de un espectáculo para hombres vendría de esta interpretación del fútbol como puesta en escena del asalto sexual. Cada portero vendría a ser una casta doncella cuya virginidad (el partido empieza 0-0) tratan de ultrajar los caballeros rivales, mientras que los de su equipo (¿su clan familiar?) la defienden. El gol, lógicamente supondría la penetración/desvirgamiento y la alegría subsiguiente sería equivalente al orgasmo.

Lo masculino, tal vez, sea la importancia de lo fálico (la redondez de la pelota es la redondez aproximada del glande) y de la penetración como éxtasis en sí mismo. Su corta duración parece complacer mucho al hombre y nada a las mujeres.

A juzgar por el mito de la supuesta importancia de los preliminares para las mujeres, la metáfora sexual del fútbol debería complacerlas. Puesto que no hay deporte con mayores preliminares y menos penetraciones que el fútbol. Todo el juego es un largo preliminar y hasta hay partidos que sólo consisten en eso y acaban con las porterías a cero. Tal vez el rechazo femenino venga más por la representación de la penetración/gol, sobrevalorada como acto y brevísima en su desarrollo.

La figura del goleador como gran follador se ajusta como la mano al guante y tiene larga tradición, especialmente entre los delanteros cariocas y sus afamadas “salidas nocturnas”. Ronaldo y sus choricillas de cumpleaños, el televisado frote discotequero de Ronaldinho contra el lomo de una groupie. Ya decía Romario en sus tiempos del Barça, que si no salía no metía goles.

Por el lado contrario, los porteros suelen desempeñar una imagen modosa, a veces claramente femenina (Cañizares, con ese provocativo tinte y el neceser dentro de la portería; Victor Bahía, demasiado guapo para parecer futbolista), y tienen una vestimenta diferenciada del resto: colores más vistosos, guantes, mangas o pantalones acolchados…

Siguiendo estos posibles roles, tendríamos la imagen del defensa central, el más comprometido en última instancia con la vulnerabilidad del portero y su himen (la red). El central típico suele ser el más rocoso, maduro, y viril del grupo, tal vez a imagen del padre de la doncella.

En este reparto nos falta la figura del alcahuete, que tal vez se ajuste al entrenador, conspirando en la banda y buscando dar entrada a ese recambio sorprendente que confunda las defensas y mancille el honor de la virgen en el último momento.

El juego puede extenderse a otras piezas del código, y proponemos al lector que decida el sentido sexual que puedan tener el árbitro, el público, las áreas, o la tanda de penaltis.

Por si hiciera falta, advertimos que todo esto es un juego. No vayamos a ponernos serios con algo tan lúdico como el benemérito fútbol.

Miguel Pérez de Lema