Edgar Neville (1899-1967) no es uno de los grandes autores del teatro español. En la actualidad, no mucha gente lo conoce, aunque seguramente su nombre suene más que los de José López Rubio, Tono o K-Hito –sus compañeros en el humorismo español–. Sin embargo, en los años veinte y treinta formó parte de la denominada `otra generación del 27`, marcada por el vanguardismo y la comicidad, con Ramón Gómez de la Serna como padre y Jardiel Poncela como máximo exponente; y tras la Guerra Civil fue una de las figuras más `mediáticas`, gracias a sus artículos en prensa, sus obras de teatro y, sobre todo, sus películas. Fue un autor multidisciplinar –eso que tanto se lleva ahora, pero que siempre se ha llamado hombre del renacimiento–, pero su pertenencia al bando de los vencedores –ya se sabe, como dice creo que Andrés Trapiello, que ganaron la guerra pero no la historia de la literatura– y el excesivo convencionalismo de sus obras más notables lo han enterrado en la fosa común de los que no trascienden su época, de la que sólo salió en 1999 para que le practicaran la autopsia conmemorativa de su centenario. Dos personas han sido esenciales en la vida y la obra de Edgar Neville Romrée, conde por parte de madre e inglés por parte de padre: Ramón Gómez de la Serna y Conchita Montes. De RAMÓN –permítanme que le llame así, no es familiaridad sino idolatría– poco se puede decir que no sea elogioso –pueden consultar un texto sobre él en el número anterior de PROSCRITOS–. Él solo se inventó la vanguardia en España, creó formas como la greguería y escribió miles de páginas que sólo podía haber escrito él. Por eso es un genio y por eso es inútil imitarle. Desde su silla de Pombo sentó cátedra y uno de sus discípulos fue Neville. En su primera etapa, Neville práctico un vanguardismo sin pretensiones elitistas, con la sola intención de hacer reír, y así le salen algunos volúmenes de relatos y una novela, Don Clorato de Potasa, que posee multitud de elementos vanguardistas y ramonianos –el cosmopolitismo, el `sport`, el circo– sin adscribirse a ningún movimiento concreto. En esta etapa escribe una obra de teatro, Margarita y los hombres, que no participa de ningún experimentalismo, porque el teatro, como siempre ha sucedido en España, va un poco a la zaga de las corrientes renovadoras. Esta obra de 1934 se estrena en un momento en el que Jardiel Poncela ya ha puesto en escena comedias magníficas –aunque queda más de un lustro para Eloísa está debajo de un almendro–, sobre todo Usted tiene ojos de mujer fatal, que aplica al teatro el vanguardismo que vemos en Don Clorato de Potasa, un vanguardisno que es más la recreación de un estilo de vida que un proceso de renovación literaria. La guerra pilla a Neville en Madrid, tras una estancia en Estados Unidos como diplomático y en la que conoce desde dentro, en Hollywood, el mundo del cine. Es un periodo activo para el escritor, pues favorece la causa nacional como combatiente y como intelectual escribiendo volúmenes de cuentos y filmando documentales. Pero como muchos de sus amigos literatos, Edgar Neville no es un auténtico fascista, sino un bon vivant conservador que sabe que va a vivir mejor con Franco que con el Frente Popular. En cine, tras alguna película sonrojantemente patriótica –Correo de indias (1942)–, realiza una serie de obras que sobresalen por su calidad en el pobre panorama cinematográfico de los 40. Entre ellas destacan una trilogía criminal, una versión excelente y brutalmente mutilada de la novela Nada, de Carmen Laforet, y La vida en un hilo (1945), uno de sus mejores films, que se convirtió catorce años después en la que tal vez sea su mejor pieza teatral. En estas dos últimas películas participa como actriz –en Nada también escribe el guión– Conchita Montes, la otra persona que marcó la biografía y la obra de Neville. Su musa en el teatro y en el cine –no entraremos aquí en asuntos de la vida privada–, la Montes fue una de las mujeres más bellas y elegantes de aquellos años en España. Era inteligente –el final de su vida lo pasó haciendo cada semana un damero maldito en la sección de pasatiempos de ABC–, culta –fue una de las primeras mujeres en estudiar Derecho– y, cuando hablaba en escena o en el plató, destilaba un glamour inaudito para la época. Conchita Montes fue la protagonista del gran éxito de Neville en el teatro: El baile, estrenada en 1952 con Rafael Alonso y Pedro Porcel y que en 1959, curiosamente el mismo año en que La vida en un hilo se convertía en teatro, pasó al cine. El baile pertenece al comercial género de la alta comedia, en el que Neville triunfó, un género muy convencional y al que ahora le pesan los años, pero que en su momento llenó las salas de toda España. Tiene sin embargo esta pieza en su trama un elemento dramático que hace que el espectador finalice con un nudo en la garganta y que la estropea. Por este motivo, aunque venga del cine, es mucho mejor comedia La vida en un hilo, con sus personajes de alta sociedad ridiculizados frívolamente pero con suavidad y con la elegancia del diálogo ingenioso e inmaculado. El teatro de Neville no perdurará mucho tiempo –cuando los Cornejo dejen de producir montajes, todo esto se hundirá y nadie lo echará de menos porque su público estará muerto–, pero algunas de sus comedias aún se pueden ver y entretienen, como el cine de Hollywood que él conoció bien y que le enseñó a hacer unas películas que sí forman parte de la historia del cine español.
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