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TEATRO > CRÍTICA

Los aledaños del drama
por Don Clorato

A mí, como al poeta argentino Oliverio Girondo, también hay días en los que me apetece salir a la calle y lanzar patadas a diestro y siniestro. Lo que ocurre es que, cuando camino por Madrid, cada vez que doy una patada sale un espacio multidisciplinar y en el espacio multidisciplinar, cómo no, hay siempre algún espectáculo situado en los aledaños de lo dramático.

Esto de los espacios multidisciplinares me provoca una sonrisa –tierna, no burlona–. ¿Es que acaso hace falta en estos tiempos coartada intelectual para beber? Porque al fin y al cabo estos locales son bares y si no expendieran bebidas espirituosas, de nada serviría organizar un campeonato de mus o una jam session de cantautores –en el caso de que esto último sea posible, que a estas alturas me lo creo todo–. El problema es que ya no se habla, estamos tan dominados por la sociedad espectacular –nunca he sabido si entendí bien a Guy Debord– que necesitamos pasmarnos con el tercio o la copa –habría que recuperar el término ‘combinado’– en la mano ante un escenario de dos por dos metros y cincuenta centímetros de elevación en el que cada noche se nos ofrece un mundo distinto: los ingenuos, casi infantiles, paraísos de la magia y los contadores de cuentos; los más canallescos purgatorios del café-teatro o el monólogo humorístico; el infierno trovadoresco de los poetas con guitarra a cuestas.

En fin, todo esto al menos sirve de algo, aparte de que los empresarios-filántropos se enriquezcan un poquito –digo yo que algo, lo mínimo, sacarán con esto; si no fuera así, se montarían una barra americana o un burdel–. Sirve, pienso, para que algunos afortunados seduzcan a féminas groupies entregadas al arte underground de la palabra –¡mira que eres envidioso, Clorato!–. Ser cantautor da morbo, no lo neguemos; contar cuentos al oído –esto vale para las chicas– excita, aunque sea más por el oído que por el cuento; menos seguro estoy de que hacer el payaso –bueno, el clown– o practicar magia inmaculada solivianten los ánimos de muchos, aunque hay perversiones para todos los gustos.

Pero, bueno, al meollo. Prueben ustedes a dar un patada en una gran ciudad, da igual el barrio: les saldrá el espacio multidisciplinar a la vuelta de la esquina. La consecuencia de tan abundante oferta es que se acaban viendo cosas muy mediocres. Uno es partidario de ampliar el teatro hasta más allá de sus aledaños. No tiene por qué ser bueno todo lo que se pone en un local en cuya puerta cuelga un cartel con la palabra teatro y, desde luego, no sólo lo bueno va a tener que traspasar obligadamente el susodicho cartel. Pero el exceso hace irremediablemente que la calidad disminuya. Y así está pasando con los aledaños del drama –del drama en sí ya nos ocupamos habitualmente y también tiene lo suyo–. Es una pena, porque cualquier cauce es válido para experimentar el placer estético de un buen espectáculo y disfrutar con las habilidades escénicas de unos intérpretes versátiles. Es una pena, pero es sabido que las penas se ahogan en alcohol y, como los espacios multidisciplinares suelen tener las reservas de elixir aseguradas, siempre nos quedará entregarnos a los efluvios báquicos y de este modo incluso podremos aparcar la lengua hecha trapo y pasmarnos ante el espectáculo que nos pongan delante.