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Diatriba del mimo
por Marqués de Moraclara

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Nos pasamos la vida buscando la animación interna de los objetos que nos conmueven. Vamos fijándonos en las últimas vetas de color, en el último gesto de los recovecos, y sólo a aquellos pocos con los que entramos en resonancia les tendemos la mano, trayéndolos a este lado de la vida, hacia el que algunos objetos tienen la cualidad de propender.

Buscamos la animación y sabemos que las grandes obras de arte la poseen, que es esa vibración indefinible, hermanísima y real la que les asegura la posteridad, más que la excelencia de su ejecución.

Para nosotros, atisbadores de sombras animadas, nada más forzosamente inanimado que el mimo madrileño, desangelitud plena y hosca. El mimo fue siempre un mudo que sabía cantar con las manos, pero el mimo madrileño ha hecho profesión de silencio con todo su cuerpo, se rigidiza en un silencio gritón, contestatario, maniatado y vituperable.

El paseo más despreocupado se frustra a la altura del mimo, que nos espera con su hieratismo acechante y vampírico, a la vuelta de la esquina de nuestra indiferencia.

El mimo ejerce el poder de espantarnos y lo sabe. Hay sutiles formas de comunicación por las que el mimo detecta nuestra receptividad y nos hipnotiza con los brillos pobres de su disfraz, con la desgracia de su desgracia, con la rispidez agresiva de su cara de muñeca suicidada.

El mimo es cruel y culpabilizador. Quien no se sienta metafísicamente culpable de algo ante la visión de un mimo madrileño, o es un desalmado, o es otro mimo.

Lo atroz del mimo madrileño, su pedrada en la frente, viene cuando ejecuta esa serie pobre de movimientos mecánicos respondiendo al pago de una moneda en el sombrero. El mimo se hace autómata. El hombre reducido voluntariamente a exhibirse en público imitando un máquina que imita al hombre. Una máquina registradora de monedas.

Vemos en la acción/reacción del mimo autómata con la moneda, una metáfora de la vida demasiado burda para ser metáfora, una ingeniosidad demasiado abyecta para volar, que tiene el vuelo corto de una paloma abatida de un disparo.

Lo que subyuga de la serie de movimientos mecánicos es su final. La indiferencia con la que el mimo vuelve a su grito quieto disfrutando de haber poseído nuestra atención y reteniéndola todavía, a pesar nuestro.

Le echan la moneda en el sombrero para hacerlo vivir, pero lo que quiere el mimo es enseñarnos su muerte y entramparnos la angustia de su mutismo final.

El mimo atesora ese segundo de nuestra alma que nos roba y no sabemos si por la noche animará con él a una espantosa criatura en su buhardilla claustrofóbica, si no estará llevando un primer átomo nuestro al infierno.

El mimo madrileño tiene un sombrero para recoger monedas y otro sombrero metafísico, un agujero negro, por el que aspira almas. Nosotros no le damos nunca una moneda y, sin embargo, somos sus clientes más generosos.

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