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La compañía Teatro Meridional –o sus chicos– debe tener un cierto prestigio en el ambiente teatral, pues en la noche del estreno el patio de butacas del Alfil parecía el palco del Bernabeu de los actores: no estaban todos los que son, pero sí son todos los que estaban. Había ambiente de gran acontecimiento alternativo y estos adjetivos que acompañan a la palabra ‘acontecimiento’ son sólo en apariencia contradictorios porque hay quien sabe hacer grande con su actitud lo que en principio no lo es. Uno de mis compañeros en esta publicación –y espero que me perdonen ustedes la digresión y él el atrevimiento– jura que jamás volverá a tener relaciones sentimentales con gente del mundo interpretativo: su ego se acaba tornando insoportable. En cierto modo lo secundo; aunque hay actrices que pueden llegar a enamorar a uno con un gesto o un vestido delicioso, lo cierto es que los tiempos de Eva al desnudo ya pasaron y las chicas de arte dramático no se interesan por los críticos y menos si llevan gafas de pasta.
Pero recuperemos el hilo. Queda claro que, los actores, mejor sobre el escenario y sobre todo si lo hacen bien, como sucede con los cuatro que representan en esta compañía la obra Cloun Dei, una comedia que, según parece, no tuvo la suerte esperada cuando intentó ponerse en pie hace una década, esperemos que no por su contenido. La pieza combina la tradición del clown con la sátira de la Fe. Cuatro frailes adornados con sendas narices rojas de payaso reciben diversas señales del cielo, al que temen profundamente, y las interpretan a su modo, lo que provoca la carcajada en el espectador. Hay que decir que el público venía predispuesto a la carcajada y reía ya desde el principio del espectáculo, cuando el texto –sin apenas diálogos, pues esta obra es sobre todo mimada– adolecía de una ausencia bastante sorprendente de ritmo, sorprendente teniendo en cuenta que después de un magnífico gag en torno a las letras de conocidas canciones la representación corre con una espléndida velocidad de crucero y se gana al espectador, a partir de ese momento relajado en su sillón y disfrutando hasta el final.
El libreto, en general, está muy bien hilado y con escenas que tienen verdadera gracia, aunque algunas, de puro obvias, se adivinaban antes de ser realizadas –me vienen a la mente el chiste de la esvástica construida con las partes de un reclinatorio o el juego de palabras con el latín ‘oratione’ y la respuesta: ‘las seis y cuarto’–. Es un texto en cualquier caso elaborado, totalmente entregado a la gesticulación y que, salvo el par de chistes malos y el problema de ritmo inicial, se podría calificar de muy notable. Y no muy notables, sino sobresalientes, son las interpretaciones de los cuatro religiosos, perfectas en su componente farsesco, con un empleo del cuerpo y el rostro que se halla en el punto justo de sutilidad y exageración.
En fin, que tampoco es tan raro que el local estuviera repleto de actores. Los de Teatro Meridional dan un buen ejemplo de cómo hay que representar una comedia y podrían ser modelo de muchos. Cloun Dei, no obstante y por comparación con otras piezas similares vistas por ejemplo en el mismo espacio escénico, también enseña que el actor no lo es todo en la obra y que necesita apoyarse en un buen libreto, aunque pretenda construir un espectáculo de pocas palabras.
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