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Esta obra fue durante cinco años fruto de constantes prohibiciones por parte del rey Luis XIV y su Gobierno, a pesar de que el monarca era buen amigo de Molière y tenía una muy buena consideración hacia ella. Pero las presiones por parte de grupos religiosos que se veían claramente aludidos en la figura de Tartufo, el falso devoto o hipócrita, hicieron que el propio rey tuviese que contravenir su voluntad y censurar la pieza, aunque finalmente, en 1669, levantó la prohibición y el Tartufose convirtió en un éxito. En más de tres siglos las cosas no han cambiado mucho y no hace tanto vimos cómo se pretendió que no se viera la obra más tarde conocida como Me cago en… censura desde instancias claramente reaccionarias. No obstante, dos detalles distinguen ambos casos. Uno, que aunque fuera con servicios de seguridad en la sala, el espectáculo de Íñigo Ramírez de Haro pudo ponerse en escena sin necesidad de esperar un lustro, y dos, que incluso le vino bien la polémica, porque aquel texto era francamente malo a diferencia del de Molière, absolutamente maravilloso.
Son muchas las ediciones a las que se puede acudir para leer el libreto del Tartufo. La de Cátedra, quizá tan buena como muchas otras, es al menos fiable en su traducción, con una muy lograda adaptación a un castellano con sabor antiguo pero de comprensión actual, y enriquecedora, con un prólogo en el cual, además de proporcionarse toda la información necesaria sobre el contexto de la pieza, se hace especial hincapié en los recursos cómicos de la misma, algo que a veces se ignora en beneficio de otras disquisiciones interpretativas más serias.
¿Y qué denunciaba el Tartufo para tener a tanta y tan importante gente en su contra en la Francia no excesivamente inquisitorial del siglo XVII? Pues nada menos que la hipocresía moral de los falsos beatos, aquellos que utilizaban el nombre de Dios en su propio interés y que se permitían juzgar y condenar la actitud moral de los demás. El tema es universal e intemporal. ¿Cuántos tipos de misa diaria conocemos que andan repartiendo puñaladas por la espalda y poniendo zancadillas a diestro y siniestro? ¿Con qué regularidad tenemos que aguantar a los portavoces de una congregación de pederastas, puteros y tíos de innumerables sobrinas hablar de la corrupción moral que se esconde tras actos de libertad individual o casi como el aborto, la eutanasia o los matrimonios civiles entre homosexuales? Y eso los que no escuchamos sus sermones. Los que tienen que soportarlos todos los días del Señor asisten sin ser conscientes a una sistemática estrategia destinada a infundir el miedo en sus mentes y sus almas para así controlar ambas. El personaje de Tartufo es un carácter creado magistralmente por Molière a partir de retazos de muchos de esos individuos que aún hoy pretenden ejercer su influencia incluso en quienes no nos sentimos bajo su asfixiante yugo. Por eso, esta comedia, que pretende corregir ciertos vicios morales por medio de la parodia y la sátira –y aunque Molière hable de vicios, termino impropio, aquí sí entra en juego la moral–, mantiene toda la vigencia de su tesis 300 años después. Tiemblen, señores inquisidores.
La tesis ocupa todas y cada una de las réplicas de este magnífico texto. En ningún momento se aparta el autor de ella y la encaja en una estructura genial, con un planteamiento, nudo y desenlace definidos a la perfección. Aunque la versión definitiva tenga los cinco actos exigidos por la tradición francesa, la inicial se reducía a tres actos, como en el teatro clásico español, y según parece –no se conserva el manuscrito–, no carecía de sentido y su división estaba plenamente justificada. Los personajes están construidos también para favorecer la idea central. Tartufo no aparece hasta el tercer acto, pero desde la primera página no deja de hablarse de él y se le presenta de manera indirecta pero muy completa, con perspectivas a favor y en contra pero inclinando la balanza de la simpatía hacia los que reconocen en él al hipócrita que en realidad es. De estos personajes hay que destacar a Dorina, una criada irónica y algo descarada, que representa la voz del pueblo sobre el escenario y a la que se ha dotado de un perfil cuando menos tan interesante como el del gracioso español. Es una gran creación de Molière, aunque los ojos del espectador puedan dirigirse hacia Tartufo y Orgón, el jefe de familia simple y de actitud farsesca.
La comedia resulta redonda en todas sus partes, lo que multiplica la redondez del conjunto. Nada sobra, ni siquiera ese final de elogio al rey, en el que este propicia el desenlace como una suerte de ‘Deus ex machina’ y que no es tan inverosímil como algunos quieren hacer ver, aunque no tuviese cabida en un texto contemporáneo. El talento de ese hombre de teatro que fue Molière –actor, director, autor y empresario– aparece aquí en todo su esplendor y su obra aún puede darnos buenas lecciones sobre la vida y la verdadera moral, alejada de cualquier idea religiosa.
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