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TEATRO > CERVANTES INGENIO

Cervantes Ingenio
por López Pinciano

La Numancia

La escritura de esta pieza se lleva a cabo en la primera mitad de la década de 1580. La datación no es baladí: Cervantes acaba de regresar del cautiverio en Argel y no es extraño que le interese un acontecimiento histórico que muestra la férrea defensa de unos españoles frente al acoso militar de una potencia extranjera; en esos años, además, está de plena actualidad la tragedia neosenequista, a cuyos parámetros se ajusta la estética de la tragedia que Cervantes escribió y que, junto al tremendismo de la posguerra del siglo XX, constituye uno de los géneros más sangrientos dentro de una literatura, la castellana, que no anda coja de sangre; por último, se trata de los años en los que Lope de Vega está desarrollando su fórmula de la comedia nueva y, una vez que la ponga en práctica y, sobre todo, en versos teóricos con su Arte Nuevo de 1609, ya nada será lo mismo en los teatros del Imperio y eso Cervantes lo averiguará en carne propia.

Así pues, estamos en unos años clave para la construcción del teatro nacional español y en este momento el autor alcalaíno decide componer una de sus obras más exitosas a posteriori, probablemente la que más versiones ha suscitado. La Tragedia de Numancia dramatiza los hechos acaecidos en la villa hoy soriana durante el siglo II antes de Cristo: tras dos décadas de asedio y bloqueo por parte de los romanos, los numantinos se ven abocados a la derrota con la llegada del cónsul Escipión y deciden acometer un suicidio colectivo para evitar la humillación de la captura y lograr así la gloria en el fracaso, o la victoria en la derrota. Antes muertos que perder la libertad, piensan aquellos hombres y mujeres en los que se ha querido ver un símbolo del carácter español, y esta actitud caló hondo en Cervantes y en muchos dramaturgos que le versionaron, con intenciones ideológicas diversas. Así, mientras en el autor del Quijote la acción es un preludio de la gloria de España en el siglo XVI y está en connivencia con ideas claramente favorables al imperialismo de los austrias, en Alfonso Sastre, por ejemplo, los habitantes de Numancia darán testimonio de integridad y firmeza ante una agresión precisamente imperialista. La gran virtud de esta pieza creada por Cervantes es que ha dado pie a usos e interpretaciones casi contrapuestos a los que él quiso otorgar a la historia y esto, lejos de señalar una ambigüedad en la construcción o en el pensamiento, demuestra la plurisignificación de la misma y lo acertado en la elección de la materia histórica.

Aún así, probablemente en Cervantes estaba por encima el tema del honor que el de la libertad y sus numantinos son antes españoles que rebeldes universales. En cualquier caso, la obra ha pasado a ser una de las más leídas dentro del poco leído teatro cervantino y eso aunque su libreto no sea fácil. Dividido en cuatro jornadas –frente a las tres que tendrá luego la fórmula lopesca–, la acción se reparte entre el campamento romano y el interior de las murallas de Numancia. Es una obra colectiva en la que hay dos grandes bloques de personajes –numantinos y romanos– a los que se añaden varias figuras alegóricas –España, el Duero, la Guerra–, pero en la que el autor sabe concretar algunas tramas en determinados personajes para que, al presenciar las consecuencias en lo individual, la tragedia general se haga al espectador más cercana. La versificación es dura, con mucho endecasílabo y carente del ritmo y el ingenio que tendrá la comedia lopesca. El final es brutal, muy sangriento, en perfecta coherencia con el género neosenequista, donde se podía ver a un padre llorando uno a uno a sus hijos delante de sus cabezas cortadas –es el caso de Los siete infantes de Lara, de Juan de la Cueva–. Una representación contemporánea absolutamente fiel al texto resultaría excesivamente larga y pesada para el público, aunque la estructura, el dramatis personae y el contenido de La Numancia hacen que una versión pueda resultar interesante al espectador de hoy, en gran parte por el mismo motivo por el que Alberti o Sastre hicieron las suyas: por la posibilidad de una lectura actual.

Comienza pues Cervantes su andadura dramática con una pieza que nada tiene que ver con lo que después haría, inevitablemente entregado a la fórmula ideada por el Fénix de los ingenios que se alzó con el trono del teatro. Pero probablemente por su diferencia es por lo que resalta sobre las demás.La Numancia representa un teatro tal vez recuperable sólo en ella misma, aunque deba ser conocido por los aficionados, ya que ocupa un curioso lugar en nuestra historia dramática: inmediatamente delante de la gran comedia de Lope de Vega.