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MONOGRÁFICO
> LA INSATISFACCIÓN EN CINE
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| Dirección: Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll. Países: Uruguay, Argentina, Alemania y España. Año: 2004. Duración: 94 min. Intérpretes: Andrés Pazos (Jacobo Köller), Mirella Pascual (Marta), Jorge Bolani (Herman Köller), Ana Katz (Graciela), Daniel Hendler (Martín), Verónica Perrota, Jorge Temponi, Alfonso Tort, Ignacio Mendy. Guión: Juan Pablo Rebella, Pablo Stoll y Gonzalo Delgado Galiana. Producción: Fernando Epstein. Música: Pequeña Orquesta Reincidentes. Fotografía: Bárbara Álvarez. Montaje: Fernando Epstein. Dirección artística: Gonzalo Delgado Galiana. Vestuario: Adelaida Rodríguez.
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Jó, ¡vaya corte!. Acabo de mirar que dice la RAE de insatisfacción y se despacha con “falta de satisfacción”, con lo que me he quedado con las patitas colgando. Así es que vamos a tener que echar mano de lo que el vulgo entiende por insatisfacción, algo así como un estado en el que uno siente desasosiego porque no tiene que lo que quiere o no se siente bien con lo que hace o donde está o… En fin, espero que sirva mi definición de andar por casa para enfocar esta película uruguaya, aunque con producción argentina, alemana y española, que es Whisky.
Es a segunda película de dos jóvenes que tenían 26 años cuando la escribieron y la rodaron, Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll y esta es la primera de las sorpresas de esta gran película que hemos podido ver gracias a su paso por los festivales. Un cuento ‘inmoral’ de personas mayores contado por dos directores que aún no han llegado a la treintena.
Su paso por el Festival de Cannes, le hizo recoger el premio de la Fripesci (críticos internacionales) y el premio Mirada Original. El entusiasmo que despertó en la crítica especializada ha hecho que se haga imprescindible en cualquier festival. Ganó en Tokio, gustó en San Sebastián y volvió a ganar en Huelva, el Colón de oro a la mejor película, el pasado mes de noviembre.
¿Qué tiene esta películita que tanto entusiasma?. Pues un retrato de la INSATISFACCIÓN tan acertado como no se hacía desde los tiempos de Antonioni, Godard, Bresson y demás directores que en los sesenta nos describieron la soledad y la incomunicación con absoluta destreza.
Whisky es justamente una película que se alinea con aquellas producciones y que encanta a los críticos, cansados de tanta basura industrial, que se embelesan con la historia de dos hermanos y una mujer (de sesenta años de media) alrededor de una obsoleta fábrica de calcetines en un más que decrépito pueblo (¿ciudad?) de Uruguay.
La película cuenta mucho menos de lo que sugiere, otra de sus virtudes. En realidad, asistimos a un retrato de la negación de la vida. Incomunicación, amores marchitados y recelos entre hermanos. Monotonía y abulia para dar y exportar. Dicho así es para quitarle las ganas a cualquiera de ir a verla. Pero, lógicamente, aquí está la sorpresa.
Estos dos chicos (los directores) que intuyen, más que nada, la soledad de sus personajes tienen la gran virtud de habernos contado la historia con una técnica de encuadres fijos y una lejanía tal que lo que debería ser una verdadera tragedia se convierte, por momentos, en una comedia en la que uno no deja de sorprenderse riéndose de algo tan dramático.
Además, el mayor acierto de Whisky son sus tres actores, Mirella Pascual, Andrés Pazos y Jorge Bolani, un prodigio de interpretación que sostiene esta especie de cuento en la que no pasa nada y lo que pasa hay que intuirlo.
Por último, un pequeño consejo, para el que aún no la ha visto y quiera verla, que no vaya pensando en el cine actual porque, a pesar de ser una excelente película, Whisky es más un ejercicio formal que una historia, y uno tarda en entrar en ella.
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