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La ley del péndulo ha enviado al destierro a los perdedores de la democracia, que fueron ganadores de la guerra civil y coparon las más altas columnas de la prensa durante cuarenta años. Su militancia política los colocó primero y acabó pasándoles luego factura.
Además aquella generación de falangistas dejó, en general, una obra de prosa brillante pero dispersa, que es la mejor forma de acabar cayéndose de las antologías que buscan autores cuajados, latifundistas de la palabra. Foxá, Tobar, Sánchez Mazas, D´ors, García Serrano, han quedado como notas a pie de página. Rarezas
Fracasaron en la intención, más o menos declarada, de crear una nueva vanguardia literaria inspirada en la Falange. Un futurismo catolizante, heroico y macho, del que sólo ha quedado un ejemplo químicamente puro: la novelita `Eugenio, o la proclamación de la primavera´, de García Serrano, que es una rareza descatalogada del recuerdo.
Sin embargo, pasados los años, no ha dejado de leerse `Madrid, de corte a checa´, que se ha instalado pese a todo en el anaquel de los clásicos contemporáneos de la literatura española. Esta novela lo tiene todo en contra y, sin embargo, permanece. Foxá pretendía con ella iniciar una nueva serie de episodios nacionales en clave falangista, que se quedó en esta sola, extraña y fascinante historia. El lector se enfrenta a ella con la reticencia de saber que está ante un acto de propaganda y dispuesto a no dejarse seducir, pero acaba cayendo inevitablemente en su red.
¿Un triunfo de la Falange, sigue el Ausente ganando batallas después de muerto como el Cid? Pues no, un triunfo de la literatura. Podemos decir que la disparatada visión del mundo de la Falange, pasada por el filtro aristocrático de Foxá, se convierte en esta novela en un punto de vista literario, una estética propia, una idealización de la realidad que desemboca en género novelesco.
Esta novela tiene numerosos aciertos estéticos que la salvan de la mera justificación del`alzamiento´ y le aseguran una posteridad que probablemente será más cómoda en la medida en que los hechos históricos en los que se inspira queden lo suficientemente lejos como para que ningún español se ofenda (eso será, probablemente, dentro de mil años, siglo arriba siglo abajo). Foxá es un notable aprendiz de Valle Inclán (la novela se inicia con un cameo del viejo) y ensaya el esperpento de la clase obrera, a la que describe como una horda tomando el centro burgués de la ciudad desde los `barrios extremos´. Es en pasajes como este de la toma de Madrid en el que vemos claro el triunfo de la literatura. Foxá de veras ve al proletariado de esa forma, su indignación es tan sincera como su miopía. Por eso, su descripción es pura literatura, no es una crónica sino una interpretación de la realidad, una paranoia creativa. Y no importa, a estas alturas, que sea profundamente injusto su juicio ni parcial su opinión, sino que es precisamente esa limitación la que permite volar a la ficción, crear un mundo con coherencia interna y plena justificación literaria. En este contexto entra la forma de hilar la trama, en la que el héroe falangista se opone a la revolución socialista de Madrid. Tal vez la crítica no ha explicado lo suficiente la relación entre esta novela y los grandes novelones de aventuras del S XIX, que son el fondo heroico del que bebe Foxá. Los tres mosqueteros eran, desde el punto de vista político, esbirros de la reacción que salvaban el honor de una reina indigna por el bien de una institución que aplastaba al pueblo francés, sí. Pero desde el punto de vista literario, que es lo que cuenta, eran héroes románticos. Foxá hace lo mismo con los valientes falangistas de su novela.
El pensamiento político de Foxá es tan simple como útil para armar la novela: Ante la decadencia de la monarquía y la traición al país que supone su marcha (Foxá es, antes que falangista, aristócrata), se avecina una avalancha de corrupción política, decadencia moral y desorden social que promueve el advenimento de una revolución atea, extranjerizante y marxista. A este cúmulo de desgracias, sólo un puñado de valerosos jóvenes amantes de la fe, el orden, la patria y las tradiciones, se oponen heroicamente y son dignos de apoyo para vencer.
Un punto de vista, decimos, de una simpleza y un maniqueismo político impresentable, pero a la vez un espléndido soporte para una novela de aventuras, de buenos y malos. Un código, como cualquier otro, sobre el que contar una historia.
Considerada una novela histórica, es, en primer lugar, una novela de aventuras –acaso la mejor novela de aventuras española- y, después, una novela de propaganda política –y ahí es donde acaba perdiendo altura-. Se narran con mucha cercanía los acontecimientos históricos pero siempre desde un punto de vista intencionado, como una herramienta que se adapta y reafirma la tesis del autor.
Así, el golpe de Estado a cargo de los militares, es en la novela un eco más o menos lejano. Al centrarse la acción en un Madrid cerrado y en manos de los sectores más radicales de la izquierda, Foxá logra dar la pirueta de poner a los falangistas como los verdaderos resistentes del orden establecido y los valores humanos frente a una revolución disparatada y un cruel ajuste de cuentas. Una falacia histórica, sí, pero un hallazgo literario que justifica la acción de la novela.
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