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La literatura puede matar. Éste es el punto de partida de La casa de papel; una intriga de poco más de cien páginas donde los libros se convierten en fetiche y en centro de la trama. Pocos días antes de recibir en su despacho una edición muy especial de La línea de sombra de Joseph Conrad, Bruma Lennon muere atropellada por un coche mientras leía unos poemas de Emily Dickinson. A partir de este momento, el narrador y protagonista ha de desvelar el misterio de esta muerte y todas sus conexiones literarias. Una investigación que le hará dejar una Europa cómoda y tranquila (es profesor en Cambridge) y trasladarse a Uruguay para dar luz al secretismo que parece girar en torno a este ejemplar de Conrad, curiosamente cubierto con trozos de cemento.
El atractivo de un libro como éste no sólo se encuentra en su brevedad (perfecto para una tarde de domingo), sino en la sencillez de recursos con los que ha trabajado el autor. Una linealidad argumental y expresiva tras las que se esconde un escritor que sin grandes aspavientos técnicos consigue atrapar al lector e implicarlo en esta reflexión -lúcida y, a la vez, tópica por momentos- sobre los límites de la realidad y la literatura. Una metáfora sobre el poder de la palabra y la tiranía que la ficción puede ejercer sobre la vida.
Una historia que tiene a Borges como telón de fondo, que toma del boom las dosis justas de delirio onírico y que intenta superar la tendencia de algunos autores hispanoamericanos a coquetear con un surrealismo encubierto, pero surrealismo al fin. En fin, un trabajo muy argentino. Muy, muy argentino, que conforme se acerca a las últimas páginas deja entrever los destellos de algunos lugares comunes.
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