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Aibar entró hace algunos años en el mundo de la ficción de la mano del cómic. Con el dibujante Miguel Ángel Martín montó Atolladero, que más tarde pasaría a convertirse en película; film futurista con Pere Ponce e Iggy Pop (pareja imposible) como protagonistas. Una historia rodada en los Monegros, ambientada en el 2048 y que recibió más críticas que alabanzas. Más tarde, Óscar Aibar publicaría Tu mente extiende cheques que tu cuerpo no puede pagar, su primer libro. Una colección de relatos que su editorial, Debate, relacionó con la extrañeza absurda del universo Almodóvar, pero que, sin embargo, se hallaban más cerca del humor amanerado de Mendoza, aunque, eso sí, con bastante mala leche y con cierto toque surreal. Planteamientos inquietantes, situaciones delirantes y un discurso prosístico ágil y fresco. En su contra, estas historias para no dormir contaban con los finales: gran parte de los relatos arrancaban con un fogonazo deslumbrante que se iba deshinchando conforme el lector se acercaba los últimos párrafos. A continuación, Aibar se puso de nuevo detrás de la cámara: Platillos volantes. Una película con mejores resultados técnicos y con más adeptos desde el lado de la crítica. Ahora le ha tocado el turno a su primera novela: Los comedores de tiza.
Desde su infancia, Ana tiene la extraña manía de comer tiza. Se trata de un vicio, de una parafilia, que ella mantiene en secreto y que ha condicionado su existencia. Para salir del pozo vital en el que se encuentra a sus treinta años (drogas, sexo, amores fugaces, soledad contemporánea y sobredosis de tiza), Ana intenta ponerse en contacto con gente que sufre de pica, nombre técnico con el que se conoce a tipo de inclinaciones. A partir de este momento, su vida cobra un nuevo rumbo: un viaje al epicentro de sí misma que no es sino el fotograma de un Occidente cada vez más decadente y más bizarro en su propia definición.
A pesar de lo que pueda parecer, Los comedores de tiza es una historia bastante sencilla, con un narrador omnisciente e intradiegético, cuyo papel en el libro se convierte en unos de los pilares de la intriga: saber quién es y qué lugar ocupa en la novela. De hecho, este narrador entra de puntillas en el argumento para ir dejándose ver a través de indicios leves sobre los cuales se articula la evolución de la trama. Una especie de Grand Meaulnes detectivesco, o lo que es lo mismo, la aventura de un personaje contada por su copiloto vital.
Si desde sus primeras páginas Los comedores de tiza plantea una avalancha de momentos absurdos, hay que decir que algunas de las situaciones son de un surrealismo contemporáneo, es decir, irracionalidad normalizada a través de lo cotidiano, que es la forma con la que el surrealismo clásico ha ido mutando hasta adaptarse a los rigores del nuevo siglo. Un libro, éste, que en algunos momentos más parece una sucesión de relatos que una novela; eso sí, relatos muy bien hilvanados y mejor resueltos.
En definitiva, freakismo extremo, muy del gusto del autor y muy propio de una literatura como ésta que busca en la barbarie una fórmula para desentrañar los misterios de un Occidente cada vez más famélico de referencias y verdades absolutas.
En fin, lo desviado como forma de evolución.
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