Queda menos de un mes para meternos de cabeza en el año de El Quijote. Dentro de un año, con toda seguridad, estaremos hartos de esta novela de novelas y el pobre Cervantes se resentirá en su tumba por ello. Porque Cervantes –ya algunas voces se han alzado señalándolo– va más allá del Quijote y a menudo el resto de su producción se olvida.
Lo de los fastos conmemorativos del centenario de El Quijote es una pequeña, dulce y cultural venganza del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, para con sus oponentes políticos, que se desternillaron de risa en el primer Debate sobre el Estado de la Nación en el que intervino el leonés, cuando vino a decir que el año 2005 tenía que ser el de la regeneración cultural de España iluminada por la gran obra de Cervantes. «No tiene discurso» se decía en los pasillos del hemiciclo. «Nosotros sí que apostamos por la cultura: Norma Duval, Sara Mago…; si hasta incluimos el teatro en uno de nuestros programas de mayor audiencia: Noche de fiesta. Y nuestro Presidente habla de Cernuda como si no fuera rojo y mariquita», comentaba alguna ministra o ex del ramo. En fin, fueron risas sanas, de las que se ven con buenos ojos en misa diaria de siete de la mañana con un sacerdote de la Obra. Ahora, en cambio, es aquel cervatillo desconocido el que dirige la nación y ha puesto especial interés en que el año quijotesco se celebre con todas las de la ley. Las nuevas ediciones ya se están colocando en los estantes de novedades de las librerías. Una de las más exitosas será seguramente la que Alfaguara y la RAE recogen en un volumen a 10 euros. La de Rico, revisión de la publicada en Crítica hace unos seis años, es abundante, quizá excesiva, pero los excesos a veces no son tan malos. Y si ninguna de estas convence, siempre se puede volver a las clásicas, la de Martín de Riquer para Planeta por ejemplo. Un servidor no va a releer el Quijote el año que viene, pero en el 2006 probablemente acuda a la edición que hizo Francisco Rodríguez Marín en ocho tomos para Clásicos Castellanos, una herencia familiar de gran valor sentimental, aunque no económico. En última instancia, también pueden esperar a que se lo regalen en el quiosco, al comprar el pan, o por la calle, como si fuera un folleto de una academia de informática o de un night club. Seguro que se hace.
Todo esto está muy bien pero, como ya decía al principio, acabaremos hasta las narices de El Quijote. Y lo que es peor, nos olvidaremos del resto de Cervantes: las deliciosas Novelas ejemplares, la dulce como una siringa Galatea, los pesados Trabajos de Persiles y Sigismunda… Y su teatro. En PROSCRITOS nos hemos empeñado en que conozcan su teatro. El Quijote ya lo leerán o releerán cuando les apetezca. Que no les fuerzan a ello, como en el colegio. Nosotros vamos a ofrecerles su teatro.
Durante el próximo año, cada mes, analizaremos y comentaremos una pieza dramática de Cervantes: sus ocho comedias nunca representadas antes de su publicación, sus entremeses y sus dos primeras obras, La Numancia y El trato de Argel. El teatro de Cervantes, aunque no gozase del éxito en su época –la sombra de Lope tapaba todo lo demás– es un buen representante de la escena áurea y no carece en absoluto de méritos literarios. Será por eso muy interesante paladearlo con lentitud. Les esperamos en enero con el primero de sus textos.
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