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La aparición de estas dos obras teatrales juntas en una reseña se debe a múltiples motivos, algunos casuales y otros no. Ambas fueron editadas en la Biblioteca Antonio Machado de Teatro en el año 1996, ambas han sido llevadas al cine en años consecutivos por el director Ventura Pons, ambas han recibido importantes premios y han gozado de un notable éxito en Cataluña y fuera de ella, ambas tienen en la muerte su núcleo dramático y en la actualidad su tiempo de la acción y, lo que quizás es más relevante, las dos se encuentran entre lo mejor que ha dado el teatro catalán en los 15 últimos años, son obras de gran entidad literaria y con un fuerte sentido de la teatralidad. Es por esto que aparecen Testamento y Morir como muestras de la literatura dramática catalana, aunque vamos a analizar cada una con independencia de la otra, pues no es la intención de esta reseña encontrar las conexiones entre ellas sino ofrecer al lector dos propuestas al precio de una.
Hablemos primero de Testamento, de Josep Maria Benet i Jornet, escrita a mediados de los 90 como Morir. Su autor es bien conocido en Cataluña no tanto por sus piezas teatrales como por sus trabajos televisivos entre los que se encuentra alguno de los seriales más exitosos de la televisión autonómica. Algo de serial tiene Testamento, desde luego es una obra teñida de la vehemencia y el azar del melodrama, pero con una serie de elementos temáticos y formales que revelan su calidad literaria. Tres personajes aparecen en escena: un viejo profesor homosexual; un alumno del que está enamorado y que resulta ser, además de brillante intelectualmente, chapero, y un antiguo amigo del profesor del que éste estuvo también enamorado y que curiosamente tiene una hija a la que el alumno/chapero ha dejado embarazada. Así descrito no suena nada bien, pero Benet i Jornet aporta unos diálogos muy logrados, verosímiles y relativamente mesurados para los personajes que los dicen, una interesante estructura, con tres espacios para la acción y una serie de llamadas telefónicas de voces anónimas que van sobreponiéndose a los diálogos a medida que las escenas van concluyendo, y una coartada intelectual para la que ha recurrido a Ramon Llull y algunos de sus textos –entre ellos uno que menciona al amigo amado, concepto que Ventura Pons tomó para titular su film–. El texto habla de la muerte, de la herencia intelectual y de su utilidad para la vida. Es la lucha eterna entre razón y pasión que quizá no deba de ser tal, pero que en muchos seres humanos se muestra como confrontación y no como armonización de ambos elementos.
Testamento es pues un muy interesante texto en catalán, con una forma convencional pero también con algunos elementos innovadores y un tema universal, al que tan bien le viene un chapero como un sesudo hombre de letras, lo importante es el fondo. La edición castellana –no sé si alguna catalana lo incluirá– ofrece una pequeña perla antes de comenzar el texto: un simpático perfil biográfico escrito por Benet i Jornet en primera persona que dice mucho, y no sólo da datos, del autor.
Decimos que Testamento es un texto escrito originariamente en catalán, de Morir lo suponemos porque recibió una ayuda de la Generalitat para su escritura pero en la edición no figura que el texto castellano se haya traducido, aunque sea por el propio dramaturgo. Esta obra de Sergi Belbel recibió en el año 96 el Premio Nacional de Literatura Dramática, premio justísimo –como el de este año, otorgado a José Sanchis Sinisterra por una obra que se reseñó con entusiasmo en PROSCRITOS, Terror y miseria del primer franquismo–. Se trata de un magnífico juego escénico dividido en dos partes que se reflejan como si el eje central fuera un espejo. En la primera parte, siete escenas muestran otras tantas formas más o menos ridículas de morir. Hay un cierto humor negro en algunas de las escenas –que se lleva al paroxismo en el final de la obra–, en otras lo que sucede no es nada gracioso e incluso puede provocar un escalofrío si el actor que lleva a cabo la interpretación de esa muerte sigue las pautas indicadas por Belbel en el libreto. Las siete historias de esta primera parte son independientes, pero en la segunda se reescriben enlazadas al estilo de las Vidas Cruzadas de Raymond Carver y Robert Altman y hacen repensar todo el bloque anterior dejando en el aire una idea: lo azaroso de la muerte. Ni estamos predestinados, ni Dios elige nuestro momento, la muerte en muchos casos es pura casualidad.
Lo más atractivo de este libreto es su estructura, de ida y vuelta hasta el punto de que se podría realizar el experimento dramatúrgico de representar la obra comenzando por la última escena de la segunda parte y acabando con la primera de la primera parte. En el primer bloque disfrutamos de cómo se plantean las acciones, cómo se construyen los diálogos, cómo las acotaciones sitúan al autor encima del escenario. En el segundo, no podemos más que dejarnos arrastrar ante lo nuevo que vamos descubriendo de las historias que ya sabíamos. La estructura de Morir es todo un acierto.
Testamento y Morir, dos espléndidas muestras de teatro periférico y universal, con muchos elementos en común –¿fruto del azar tan presente en ambas?– pero con muchas más diferencias que las hacen únicas.
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