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MONOGRÁFICO > INFANCIA Y TEATRO

El pájaro azul
por Luis Navarro

de Maurice Maeterlinck

No es fácil montar espectáculos teatrales con niños. Ya es complicado tener a uno en un papel breve, así que tener a veinte moviéndose a su antojo sobre un escenario y a varios de ellos durante las dos o tres horas de representación constantemente en escena es una locura que pocos productores se atreverán a cometer. Hay, sin embargo, obras maestras del teatro universal que están hechas para los niños e interpretadas por niños, y que un adulto haga de niño queda francamente mal. Al final, esas obras son desterradas de los repertorios y se pierden en las bibliotecas. Es el caso de El pájaro azul, escrita en 1908 por el dramaturgo belga Maurice Maeterlinck, quizá la mejor obra con niños y también probablemente la más difícil de poner en escena, pues a sus decenas de personajes –más de una veintena menores– añade un plan de decorados casi imposible de seguir.

Pese a esto, es una obra tan deliciosa que debería instituirse su representación una vez al año, como el Tenorio, en un gran teatro que pueda ser ocupado por un público mayoritariamente infantil –con sus papás y mamás– y, eso sí, dejando un par de días sólo para adultos, porque en esta fábula hay que sumergirse sin interrupciones; gritos, llantos o visitas al servicio.

El pájaro azul se dirige al niño. El adulto ya no es lo suficientemente inocente para hacer caso a la propuesta que Maeterlinck hace en este texto a través de la fórmula simbolista. El dramaturgo sugiere que la felicidad –El pájaro azul y muchos otros personajes simbólicos que van saliendo de bambalinas– no ha de buscarse muy lejos y mucho menos en el vecino. Está en el propio entorno, por muy humilde que éste sea, y lo único que hay que hacer para encontrarla es cambiar la percepción que se tiene de las cosas, ver el mundo con ojos más optimistas y esperanzados. Esto, lógicamente, sólo servirá al niño, pues cuando el hombre se topa con la realidad, pierde completamente la inocencia. Pero la infancia es el tiempo de la felicidad y, tal vez durante unos pocos años, se puede conseguir transformar la mirada sobre las cosas. En definitiva, Maeterlinck preconiza la mirada del niño en el niño, no la mirada del adulto inculcada por sus mayores.

Para lograr que su idea cale en la audiencia infantil, Maeterlinck construye para una pareja de hermanos un maravilloso viaje que ya lo quisieran haber inventado Tolkien o la Rowling: en muchas menos páginas, la aventura es más apasionante y enriquecedora. Durante el viaje, los niños se van encontrando con conceptos complejos y sentimientos profundos que por medio de la personificación simbólica se hacen más comprensibles al niño. El autor despliega una visión positiva de la muerte –el recuerdo resucita a los seres queridos–, da útiles lecciones de ecologismo avant la leerte –los árboles y animales del bosque reprochan frente a frente a los niños todo el daño que les infligen los humanos–, recomienda superar los miedos irracionales, defiende los pequeños placeres frente a los vicios decadentes –dejemos que el niño descubra con el tiempo los placeres sensuales– y, finalmente, demuestra que la felicidad está a la vuelta de la esquina, en un rincón del hogar, no en la puerta de enfrente ni en lo desconocido.

A lo largo del libreto hay pasajes de gran belleza, como el cuadro décimo, lleno de chiquillos alegres correteando por el escenario y con un momento mágico: la despedida de los enamorados, que comprime el corazón. Todos los actos cuentan, de todos modos, con la presencia de varios niños acompañados de adultos que los comprenden. El protagonista, Tyltyl, es un jovencito de caracterización interesante, al que no podrían dar vida el Carlitos de Cuéntame o el Totó de Cinema Paradiso, sino más bien un Jean-Pierre Leaud/Antoine Doinel un par de años menor al que aparece en Los cuatrocientos golpes. Hace falta cierta madurez de niño para enfrentarse a la filosofía que descubre El pájaro azul.

Como es sumamente complicado poner en pie una obra de este calibre y su lectura no es nada fácil para un niño, se pueden realizar adaptaciones o ver las películas que han recreado este mundo imaginado por Maeterlinck. En cualquier caso, El pájaro azul es preferible a otros mundos más banales como el de Harry Potter o marcados por la violencia como el de El señor de los anillos. Si hace a un niño feliz y libre, tendremos a un adulto mejor y más libre aún.