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MONOGRÁFICO > INFANCIA IN UTERO

Dejad que los niños se acerquen a mí
por Marisol Oviaño

La infancia es el futuro

Tengo dos hijos, niños todavía, con los que comparto muchas anécdotas de mi infancia feliz. La niñez está muy presente en mi vida, quizá porque de vez en cuando, para conseguir que mis hijos me hagan caso, necesito pensar como ellos.

Educar a un niño es una tarea compleja, ingrata y agotadora. Pero fascinante. Jesucristo sabía lo que decía cuando pedía que los pequeños latosos se acercaran a él. Educar es plantar una semilla, un niño es como un árbol que hay que regar, podar, enderezar, atar para que el viento no lo doble...

Nuestra casa está siempre llena de niños: niños silvestres que crecen a su aire, niños de interior que crecen pegados a la pantalla del televisor, de la play, del ordenador; niños delicados como orquídeas, casi siempre hijos únicos, y niños que retoñan con naturalidad gracias al buen hacer de sus padres. Entran de la calle atropellándose para pedir un vaso de agua, betadine para las heridas, un trozo de chocolate. Una historia.

Para algo me tiene que servir dejarme la vida al otro lado de las gafas. Me tiran de la lengua para que les cuente algo divertido o para que les dé mi opinión sobre asuntos que les preocupan. Son un público agradecido que se parte de la risa o se queda sin respirar con la boca abierta, según la ocasión reclame, y caen fascinados por el poder de la palabra, rindiéndose ante una historia bien contada.

Da miedo pensar lo fácil que resulta embaucar a un niño, especialmente si no le han enseñado a pensar por sí mismo, ya sea un niño del primer mundo que pasa demasiado tiempo solo con su tropel de juguetes, o un niño del tercero que juegue al fútbol con balones de trapo y ruido de hambre en la tripa.

Da miedo pensar lo fácil que resulta hacerle creer a un niño que ha de pedir determinado juguete a los Reyes Magos, que encerrarse en una casa con otros seres humanos y salir en la televisión por ello es lo máximo a lo que se puede aspirar en la vida; que hay un dios, llámese Mátrix o Yavhlá, que le ha escogido para un destino de gloria; que debe hacerse con un par de armas y matar a sus compañeros de instituto; que dios quiere que se adose un cinturón de explosivos y salte por los aires en un centro comercial el día de Nochebuena a las siete y veinticinco de la tarde.

No es casualidad que los fundamentalistas inviertan en construir madrasas, escuelas coránicas, ni que en los países comunistas se adoctrine a los niños en los valores del partido dominante, ni que los anunciantes del primer mundo gasten millones en formar pequeños y voraces consumidores.

Dejad que los niños se acerquen a mí. Jesucrito sabía que el poder del futuro está en la infancia. Que, según dijo Rilke, es la patria del hombre.

Y, sin embargo, seguimos empeñados en cambiar el mundo a cañonazos.
Feliz Navidad.