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Cuando hace más de diez años se publicaba por primera vez en España El hombre que se enamoró de la luna (Muchnik Editores) nadie podía imaginar el impacto que dicha novela tendría en crítica y lectores. Su autor, el norteamericano Tom Spanbauer, se daba a conocer por aquí con la que, en realidad, era su segunda novela: lenguaje lírico y salvaje para una historia visceral, sexual y desmedida. La frase de Antonio Escohotado, ´el camino hacia la beatitud empieza con unos genitales bien dispuestos`, podría ser buena forma de resumirla.
Un par de años después la misma editorial, ahora reciclada y rebautizada, publicaba el primer trabajo del autor, Lugares remotos; un relato que, en esencia, esboza lo que luego sería adimensional y extremo en El hombre que se enamoró de la luna.
Jacob Joseph Weber, un crío entre la infancia y la adolescencia, narra algunos acontecimientos que establecerán los límites entre ambas etapas. El protagonista observa casualmente el asesinato de la india Sugar Baby, y a partir de aquí irá relacionando los hechos posteriores al crimen. Todo ambientado a mediados de los años cincuenta en un pequeño pueblo de Idaho. Es decir, mormones, indios (su marginalidad y su desprecio) y moralidad castrante.
Lugares remotos es básicamente un rito iniciático; un rito que disecciona la violencia del ser humano a través del feísmo, de una crueldad hipertrofiada y del sexo llevado a la zoofilia. Y para dar forma a todo esto, Spanbauer se vale de unos seres empujados por los mismos impulsos que mueven a los héroes de la tragedia griega: el hombre y su ferocidad vinculados al devenir universo.
Una crueldad que impacta mucho más al ser contada desde los ojos ingenuos del protagonista. Un yo infantil que, además, permite a Jacob tomar conciencia de su propio lenguaje: si la palabra es una máquina de connotar, verbalizar es la única forma de crear el mundo.
Por otro lado, la espontaneidad ingenua de la narración ayuda a crear una intriga atractiva. Desde las primeras páginas, Jacob dice todo lo que ha ocurrido aunque a través de una información sesgada por su inocencia. Con este juego de indicios, la atención hacia el hilo narrativo se fortalece a medida que se avanza en el relato, ya que éste se revela como un rompecabezas de anécdotas y situaciones encaminadas hacia un mismo punto.
No faltan, con todo, algunos momentos de cierta gratuidad (visita a la feria, por ejemplo) que frenan el ritmo de la historia y que, además, evidencian sus costuras. Aun así, hay que leer la novela. La brutalidad sexual de Harold P. Endicott y sus perros del infierno justifican buscar en librerías esta breve joya contemporánea. El lenguaje es un puño que se abre camino entre las piernas.
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