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TEATRO
> CRÍTICAS
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Proceso por la sombra de un burro
por Luis Navarro
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Aut.: Friedrich Dürrenmatt. Dir.: Juan Pastor. Int.: Javier Ortiz, José Carrasco, Victoria dal Vera, Rodrigo Arribas, Elia Muñoz, Cristina Palomo, Raúl de Tomás, Carmen Sánchez y Jorge Lorente. Sala Guindalera, Madrid. 22/X/2004, 20 h.
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Comienza la temporada de la sala Guindalera, joven espacio de la escena madrileña con un autor clásico, porque Friedrich Dürrenmatt sin duda lo es, ya que sus obras traspasan fronteras temporales y espaciales gracias a la universalidad de sus temas y su denuncia de determinados aspectos de la convivencia social. Proceso por la sombra de un burro monta todo el tinglado de una farsa para mostrar hasta dónde puede llegar la manipulación y las intrigas de los hombres en favor de sus propios intereses. El juicio desencadenado en una polis de la antigua Grecia a causa de una disputa entre un dentista y el burrero que le alquiló su bestia como medio de transporte implica a toda la ciudad, no por solidaridad con uno u otro litigante sino por sacar provechos individuales. La frase que cierra la pieza, demoledora, merece por sí sola que se conozca el libreto y el espectáculo que ha puesto en pie la Guindalera es un buen modo.
Juan Pastor, que ha introducido muchos elementos de su propia cosecha, apuesta por la escasez de envoltura –apenas el vestuario, muy bien diseñado, algo de atrezzo y la música; el decorado ausente y la iluminación meramente funcional– para centrar el montaje en el impresionante trabajo de los intérpretes. Nueve magníficos actores que consiguen, tras un inicio en el que a algunos se les nota demasiado histriónicos, crear ese momento mágico que siempre se espera del teatro y que pocas veces se percibe. De pronto, uno se introduce en la escena, encuentra natural su actuación forzada, ríe y se siente feliz y satisfecho. Hay que recordar que estamos ante una pieza farsesca, es por tanto muy meritorio y elogiable que los actores introduzcan al espectador en su tono exagerado y se lo hagan verosímil. No hay miembro del elenco que no tenga en algún momento un destello de brillantez, pero es inevitable destacar a dos personas que hacen varios roles cada uno con una inusitada genialidad: son Rodrigo Arribas y Victoria dal Vera, sencillamente magistrales.
Esta recuperación del autor suizo –que hace unos años gozó de un buen montaje de otra de sus obras, La visita de la vieja dama, en el Centro Dramático Nacional– es muy recomendable pues permite al mismo tiempo reflexionar sobre su contenido, de una actualidad brutal, y disfrutar con su forma, con unos actores en admirable estado de gracia.
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