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TEATRO > TEATRO DE AUTOR

Carlos Arniches
por Martín Narcés



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Carlos Arniches (1866-1943) fue un gran dramaturgo que cometió dos errores: hacer humor y tener éxito comercial. Lo cierto es que son dos errores imperdonables, al menos en el academicismo español. Pese a esto, y como algunos estudiosos están haciendo ver, es un autor cuya obra merece la pena recuperar no al completo, pues hacer humor comercial a finales del siglo XIX y principios del XX suponía escribir mucho y poco cribado, pero sí en parte.

Arniches llega al Madrid de la cuarta de Apolo, es decir, el Madrid del vodevil y el juguete cómico y decidió dedicarse al asunto, en colaboración como era costumbre. Su primer estrenó tuvo por título Casa editorial –lugar humorístico donde los haya– y fue en 1888. Siguió durante un tiempo por esta vía del teatro por horas y pronto se pasó a un género en el que ya empieza a apuntar como el autor renovador que en realidad fue: el sainete. Este género, con gran tradición en Madrid y al que dieron carta de naturaleza en el siglo XVIII gentes como Ramón de la Cruz o el andaluz Juan Ignacio González del Castillo, pinta lo vivo y lo cercano de las costumbres populares y de los tipos bajos, si se hace bien, con salero, frescura y humor. Esto hace Arniches, aunque acaba por llevarlo más allá y, además de añadirle un mayor componente moral, lo eleva a los altares del lenguaje. Arniches consiguió que su literatura influyera en la vida después de que la vida hubiese influido en su literatura: logró que los madrileños adoptaran como suyas fórmulas que el había inventado de la nada, o mejor dicho, de esos mismos madrileños que ahora le plagiaban con gracia.

Uno de sus sainetes más exitosos fue El santo de la Isidra (1898), tan exitoso que, según sus propias palabras, llegó a reportarle varios miles de duros en derechos de autor. Sin embargo, quizá sus mejores sainetes fueron los que jamás se pusieron en escena –al menos no en su momento–, los sainetes Del Madrid castizo que se publicaron en la revista Blanco y Negro y que son una auténtica delicia ofrecida en pequeñas dosis, como los platos de alta cocina.

Arniches, nunca abandonó el sainete; aunque fuera indirectamente, recurría a él. No obstante, sus inquietudes artísticas y un cierto agotamiento de la fórmula –el alicantino siempre pensó en el éxito y eso no tiene por qué ser malo– le hicieron orientarse hacia una nueva forma ideada por él: la tragedia grotesca. Esta forma tiene algo de la tragicomedia clásica, algo del cruel carácter español y algo del débil carácter también nacional. Posee algo de lo que en otras latitudes se llamaría melodrama, aunque no tan entregado al llanto como el de Douglas Sirk, más cerca quizá estaría el de Juan José Campanella. En cualquier caso es una creación propia, personal y tal vez imitable pero difícilmente transferible. El género dio tres obras fundamentales todas escritas hacia 1920: ¡Que viene mi marido!, Es mi hombre y La señorita de Trevélez. Es la última la que más hondura literaria tiene. Duro retrato del provincianismo hispano y del mal gusto que tienen algunos para las bromas –que luego se las hagan a ellos, a ver qué pasa–, que deja un nudo en la garganta por una cuestión de ética. Es un hallazgo magistral el que Arniches aborde una cuestión moral de tal calibre sin meter a la Iglesia de por medio –al fin y al cabo nada pinta en cuestiones morales–, pero así es y encima en un texto hecho para el escenario y, sobre todo, para el patio de butacas, que hará reír cuando tenga que hacer reír, y reflexionar cuando sea necesario.

La elaboración de la tragedia grotesca hace que Arniches tenga un lugar en el panteón de escritores ilustres tocados por la varita mágica del academicismo. Aún así hay quien todavía no transige. Se le reprocha que de unas 200 obras que escribió ni la décima parte sean recuperables –entre las que lo son hay que mencionar Alma de Dios, El amigo Melquiades, La locura de don Juan o Los caciques–. Pero es que aquí hay un error de concepto, ¿sólo es buena literatura la del autor de obra completa buena? Si así fuera, más de la mitad se irían al garete, empezando por el de Iria Flavia. Hay que ser metonímicos y salvar la parte salvable. El resto, por lo menos, hizo reír a mandíbula batiente a unos cuantos burgueses que ahora andan pudriéndose bajo tierra. Como acabaremos todos, así que ¿por qué no sonreír un poco in hac lacrimarum valle?

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