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MONOGRÁFICO > EL EXILIO EN EL TEATRO

Dramaturgos españoles exiliados
por Don clorato

El caso Casona

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Existe una argumentación perversa con la cual algunos estudiosos de la literatura dramática se niegan –con una clara voluntad política– a incluir entre sus objetos de investigación a los dramaturgos exiliados. Como el teatral es un arte que mezcla lo literario y lo espectacular y los exiliados no pueden practicar lo segundo en su país, aunque escriban es su lengua, no se les incluye en el teatro de tal país . Esto se hace también con poetas y prosistas, aunque digamos que los dramaturgos ofrecen una coartada mejor a quienes esto piensan. Y los hay, aunque resulte increíble.

Un caso especialmente sangrante es el de Alejandro Casona. Y lo es porque Casona volvió y encima se topó con el rechazo de los próceres de la crítica socialrealista. Este hombre de teatro que se embarcó en un proyecto como las Misiones Pedagógicas, destinado tal cual al pueblo; que escribió un teatro renovador no muy lejos del que practicaron Valle-Inclán o Lorca; que rechazó la victoria ilegítima de las tropas franquistas y padeció un destierro que le impidió disfrutar durante varios lustros de los hermosísimos paisajes de su Asturias natal; que fue manipulado por el Ministerio de Información y Turismo en beneficio del régimen totalitario, pero desde luego no por culpa suya. Este hombre, decimos, fue crucificado por algunos santones de la izquierda, crucifixión que debe contar en demérito suyo, aunque luego hayan demostrado enormes méritos, porque olvidaron la obra y se quedaron con la ideología, siempre más pobre que el arte. Casona simboliza como pocos el espíritu de la República, aunque –o quizá porque– no tenía carnet de Partido y apaciguó su sufrimiento creando una obra muy especial, más poética que evasiva y que pertenece de pleno derecho al teatro español, que debería llevar con orgullo su nombre pues es español y latinoamericano, más universal que muchos otros.

En cualquier caso, el asunto no es tanto el no aprecio de la izquierda, que en ningún caso lo consideraría fuera de nuestro teatro, como el desprecio consciente y por omisión de la derecha, no tanto porque sea Casona sino porque es un exiliado. Alejandro Casona puede que sea por tanto el rostro más visible, pero hay otros no menos importantes. A Alberti, por ejemplo, ni nombrarlo, pues ése además era estalinista. La poesía de Alberti todavía es atendida algo, pero, ¿qué hay de su teatro del exilio? Ninguneado por estos estudiosos de criterio tan subjetivo.

En vista de la situación, es absolutamente comprensible que se dediquen volúmenes específicos a la literatura del exilio. En otros casos se pone al lado del teatro realizado en España, incluso dándoles un lugar preponderante, como es el caso de la reciente Historia del Teatro Español de Gredos. Pero, no obstante, no es esa la mejor de las situaciones posibles, y más echando un vistazo a lo que se hizo en España durante la primera década de dictadura, dominada por tipos como Adolfo Torrado y en la que por supuesto –no vamos a caer en los pecados de otros– se salvan autores como Jardiel Poncela o Edgar Neville –Mihura volvería con fuerza ya en los 50–. Lo que hay que hacer es juntarlo todo, así además se verá con mayor claridad la diferencia entre lo de dentro y lo de fuera. Sería el acto de justicia necesario para con un teatro del que aún tenemos mucho que averiguar.

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