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El asunto de la literatura española y el exilio tiene su hueco en los manuales, su ladillo permanente en los suplementos literarios, y sus eméritos oreadores de fantasmas que sacan a diario la mortaja de Alberti
para que se ventile con la brisa del Puerto de Santamaría. Queda ya poco que decir de ella. Un documentadísimo daño colateral de nuestro cainismo. Antes de esa generación de escritores que pusieron tierra de por medio, antes de que el asco, la sangre, la mierda, el humo de pólvora los alcanzara, ya hubo una hermosa tradición de escritores españoles desterrados. Quevedo en la Torre de Juan Abad, Unamuno y su récord: ser desterrado por los tres regímenes sucesivos, no ha faltado nunca en
nuestro país el escritor metiche ni el poder que lo escarmiente.
Pero vamos a tratar de hilar un poco más fino y mirar una categoría sutil y sujeta a réplica. Vamos a proponer la inclusión de la figura del escritor cesante dentro de la especie de los exiliados, como recuerdo y puesta al
día de un producto nacional del que nadie habla, con desdoro de una de
nuestras más acendradas tradiciones.
Sabemos que del escritor cesante conviene no hablar mucho y además hacerlo en voz queda, no vaya a ofenderse nadie. La caridad cristiana aconseja no señalar al escritor cesante, bastante tiene con su desgracia como para escarnecerlo. Así mismo, el sentido común nos enseña la prudencia de no significarnos frente a ningún poder, ni mucho menos señalarle sus abusos. Nadie quiere oír hablar del escrito cesante pero hoy le dedicamos, respetuosamente, unas líneas, no para hacer leña de ninguno de los muchos árboles que hemos visto caer, y algunos hasta volver a levantarse, ni tampoco para afear la conducta de nuestros sucesivos administradores, en
su infinita sabiduría. Queremos dar la luz de nuestra débil candela, por un momento, al escritor cesante con la única intención de hacer un modesto artículo costumbrista que no juzgue las costumbres, ni socave el poder establecido, Dios lo guarde muchos años.
Aquí no nos jugamos el bigote por nadie y que cada palo aguante su vela. Por eso, no vamos a asumir la defensa del escritor cesante, ni pedir el
adelanto de su reposición. Que espere su turno y se contente de lo gozado, ya mamó
de la ubre lo que pudo. El escritor cesante lleva en el pecado la penitencia
y de la misma forma que fue colocado digitalmente, espera ser defenestrado
en el próximo cambio de tornas. Al final se le queda un poco de cara de lelo, es cierto, a lo bueno se acostumbra uno por más que viva de prestado, pero el escritor cesante no llega a darnos lástima ni creemos en su pose de perro apaleado. Sabemos que, a la primera oportunidad, volverá a sus predios y
tomará la vara de tundir perros y cesantes.
El escritor cesante guarda en el primer cajón de sus escritorio la máscara de él-nunca-lo-haría y sale con ella puesta, arrastrando los pies y gimoteando, el día que le quitan la silla de debajo del culo y le ponen en la acera. Aunque le veamos aullando a la luna con su máscara de él-nunca-lo-haría nos tememos que lo hará siempre que pueda. Es un jugador pelado que se desgañita a la puerta del casino, y su actitud es la del condenado aquel infierno que Quevedo describió: ´fingiendo en lo exterior honestidad, siendo en lo interior del alma disoluto y de muy ancha y
rasgada conciencia`.
Vemos, casi complacidos, como, con más o menos dignidad, salen por la puerta giratoria del poder los racioneros, sánchezdragoses, arrabales, y entran los muñozmolinas, regases, rioyos, seguidos de la innumera camada de los almogávares y noalaguerras. Probablemente sea cierto que existen dos españas, pero aventuramos la posibilidad de que no se trate de una España entrante frente a otra España saliente, sino de una España entrasaliente frente a la otra España, la de los que no tienen padre, madre ni perrito que les ladre, y que huelga decir que es la nuestra.
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