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Dejar un sitio es quedarnos en él. Desarraigarnos por motivos equis es llorar hacia adentro: porque no queremos irnos o porque la necesidad golpea el estómago y las piedras del camino, cocinadas bien, siempre son duras. Yo como todos partí un día de un lugar de blandura; avancé a pedazos y la blanca geografía que eternizaba mi nombre no fue ya de mí.
Tuve una isla, hermanos; viví en ella como el huérfano que no desea más pan ni le apetece el oro. Ahí cantaban mi nombre a ciegas, nunca escuché lamentos ni el óxido de las estrellas me hicieron el Ulises atado al fervoroso mástil de una búsqueda, porque mis perlas amadas era dos y un vientre y sus ojos.
Ella decía mi nombre en una tierra líquida, tibia, nocturna.
Ella fue mi total fulgor. Yo su ciudadano único. Los dos vivimos en un pueblo de almohadas y de sobrecamas limpias, albas palomas de manos lentísimas y nobles.
Ay de mi exilio ahora, ay de lo que queda de mí, en este hoy tan desarmado cuyo motor me mata mientras la luz golpea mi rostro y no comparto más aquella negra celda hirsuta, ay alegre prisionero. Mi exilio pasa en aspas, trae huracanes desolados y su seco polvo deletrea la muerte. Mi exilio me retrae junto a los muchos otros que en sus ojos viven el abierto puño convertido en sal y Lot se llaman.
Salir de una mujer, es preguntarle al dolor sus apellidos.
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