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No es la primera vez que Jordi Galcerán visita estas páginas virtuales. Hace varios meses –número 8 de Proscritos– reseñamos su obra Dakota no con demasiado entusiasmo, pues la veíamos en exceso deudora de la estética indie norteamericana y poseedora de un libreto endeble –cuando precisamente Galcerán se vende como un autor original e innovador–. Curiosamente El método Grönholm comparte algunas características con su predecesora, pero la impresión causada es completamente distinta.
Aquí el texto es realmente ágil e ingenioso y, sobre todo, comprensible para el espectador, salvando con habilidad las posibles dificultades de los juegos de enredo y confusión. El final, como en Dakota, es inesperado, de esos que piden al espectador que no lo desvele, y nosotros no lo haremos aunque diremos que es mucho más coherente con el nudo de la obra y, además, aporta su clave interpretativa con lo que no sólo impacta sino que hace reflexionar a la salida de la sala. También se ha acertado con los actores, al menos en Madrid –en Barcelona se está representando simultáneamente la obra con otro elenco–: Carlos Hipólito está magnífico, Cristina Marcos y Jorge Bosch positivamente correctos e incluso Jorge Roelas, que al principio sobreactúa un poco, consigue resultar versátil y verosímil mientras la trama evoluciona. El decorado, una sala de espera en un edificio de oficinas, es limpio, sencillo, pero bonito, igual que el vestuario. Todo lo que en Dakota era mediocridad, aquí es acierto.
El método Grönholm es una denuncia bastante cruel de la consideración que para las grandes empresas tienen sus trabajadores, ya sean en potencia o en acto. En escena se recrea un proceso de selección de lo más disparatado en el que los candidatos tendrán que hacer cosas humillantes para optar definitivamente al puesto que se ‘oferta’ –los departamentos de recursos humanos no suelen conocer el verbo ‘ofrecer’–. Lo que sucede en el escenario es brutalmente exagerado, pero no lo que se pretende denunciar, así que resulta que Galcerán en este caso no sólo propone un buen trabajo –buen conflicto, buen texto– sino también un tema consistente e importante, nada que ver con otras piezas suyas como Palabras encadenadas o la ya citada Dakota.
Nada ganamos con la recomendación y tampoco nos desdecimos de nuestras críticas anteriores, pero ahora les pedimos que vayan a ver esta digna propuesta de teatro comercial.
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