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Si te he visto, no me acuerdo (Fuddy Meers), del joven dramaturgo David Lindsay-Abaire (Boston, 1970), estuvo en cartel en el Centro Cultural de la Villa durante el pasado mes de abril, no parece que con demasiado éxito. No obstante, la política de este teatro de publicar todos los libretos que pasan por sus salas, siempre en una edición exquisita y en la mayoría de los casos acompañados de prólogos iluminadores, nos ha permitido conocer a este autor estadounidense representante de la última hornada dramática de su país y con una interesante aunque incipiente trayectoria.
La formación de Lindsay-Abaire –nos informa el prologuista, Pedro Manuel Víllora– es plenamente académica. Estudió escritura dramática en la Juillard School, una de las más prestigiosas de su país, y ahí precisamente estrenó la obra que ahora nos ocupa, una pieza que pronto dio el salto del ámbito escolar al Broadway más Off pero no por ello menos importante. Este escritor, además, está ya captado por Hollywood para desempeñar labores de guionista, lo que le proporciona unos ingresos que le permiten seguir con el teatro, cosa nada reprochable.
Según parece, en sus textos Lindsay-Abaire trata con un tono humorístico que linda con lo absurdo temas nada complacientes que abordan aspectos complejos de la psicología y las relaciones humanas. Si te he visto, no me acuerdo no se sale de esta descripción, así que es una buena obra para adentrarse en la estética del autor –al que esperamos seguir, ya sea en el cine o en nuestros teatros–. Pero antes de comentarla hay que señalar que, aunque el título español es fiel al conflicto desarrollado en el texto, no lo es en absoluto con el título original: Fuddy Meers. Éste procede de una tergiversación lingüística de Funny Mirrors –espejos divertidos, los espejos deformantes de los parques de atracciones y del castizo callejón del gato–, mucho más coherente con el sentido último de la comedia y que se justifica en las palabras de un personaje que sufrió una apoplejía y cuya enfermedad le hace deformar cómicamente el lenguaje, uno de los recursos humorísticos más acertados de la obra y que, nos tememos, el traductor no ha sabido reflejar con la exactitud necesaria, cosa por otra parte muy difícil.
Si te he visto, no me acuerdo presenta sobre el escenario un dramatis personae ciertamente grotesco. La protagonista es amnésica y cada mañana se despierta sin recordar nada de su vida anterior; su hijo es drogadicto y su marido lo fue; su madre es el personaje que sufrió la mencionada apoplejía; a éstos se junta un trío de delincuentes con serios problemas mentales y una considerable peligrosidad. Pese a este plantel que hace pensar en un film de Todd Solondz, el conflicto es esencialmente amoroso. Es el amor el que une o separa a estos personajes, un amor roto por tragedias del pasado que a su vez han provocado todos los problemas físicos, mentales y sociales que acarrean. Ese pasado terrible, que la protagonista no recuerda y por ello no puede superar surge el día de la acción en un conflicto extremo, quizá exagerado –aspecto al que contribuye el tono humorístico– pero bien elaborado y resuelto en el desenlace por el autor.
Tiene mérito, visto el asunto de Fuddy Meers, haber introducido la hilaridad como elemento formal esencial. Lo cierto es que todo en la pieza es bastante meritorio: la creación de unos personajes con una personalidad muy bien definida en poco espacio, la escritura de un texto ágil y con complicaciones como el lenguaje de la madre apopléjica, la intención del autor y su inteligente exposición. A pesar de ello, queda tras la lectura una sensación un tanto insatisfactoria que, aun sin leer el original, juzgamos atribuible al traductor. Quizá no sea así, pero en el caso de la tergiversación lingüística puede que las soluciones más semánticas que fonéticas sean un error. Se busca el chiste por medio del cambio léxico olvidando a veces su similitud sonora. Y visto el título de la obra –una modificación fonética muy acertada de las palabras correctas– surge la duda de si era ésa la intención del autor.
En cualquier caso, la comedia se disfruta leída y nos permite conocer a un nuevo dramaturgo norteamericano, algo siempre interesante, pues el teatro es una de las pocas disciplinas artísticas que no recibimos de forma masiva y monopolística desde los Estados Unidos.
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