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TEATRO > CRÍTICAS

La apoteosis del music-hall: Bonheur
por Don Clorato

Teatro Lido. Champs-Elysées, París

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Frente a la apoteosis del musical que se vive en los últimos tiempos en España, con una serie infinita de franquiciados venidos de Broadway y el West End en los que cambiar una nota o un paso de baile supone una ruptura de contrato inmediata, yo vengo hoy a reivindicar el music-hall, que a pesar de su semejanza fonética e incluso formal, no es lo mismo que el musical; es mejor.

No voy a marcarme sin embargo aquí la boutade de defender a Norma Duval o Jenny Llada –mi descaro no llega a tanto–. Por eso me he ido a París, la capital de la revista, y a uno de sus templos, el Lido, sito en los Campos Elíseos, no lejos del Arco del Triunfo. Allí se presenta un espectáculo titulado Bonheur, aunque bien podría llamarse Fantasie, Can Can o incluso Fun Fun, por qué no, pues una de las características esenciales del music-hall es la completa ausencia de contenido, hilo argumental, trama o cualquier elemento dramático que dote de sentido global al espectáculo. Éste, precisamente, es uno de los factores que inclinan la balanza a favor de la revista frente al musical, pues la coartada intelectual de éste para mostrar un montaje espectacular resulta de lo más hipócrita, mientras que la sinceridad de aquél –“lo nuestro es sólo espectáculo, para qué queremos argumento”– resulta loable.

En cuanto al carácter espectacular de Bonheur, es perfecto. En él podemos ver cosas como un avión que surca las mesas del público y del que baja la primera vedette –la única que no enseña los pechos, si mal no recuerdo–; una gigantesca pirámide escalonada en la que el cuerpo de baile hace de estatua y que sale de debajo del escenario; una pareja de patinadores que hace piruetas sobre una pista de hielo de no más de 30 metros cuadrados –actuación harto difícil y que me marcó la frente con escarcha–; una trapecista que llega a quedar sujeta de su columpio apenas por sus empeines; un hombre rudo que mantiene todo su cuerpo con una sola mano y que además es capaz de doblar en esa posición el codo; una fuente impresionante con varios chorros de agua salida del sótano, al igual que anteriormente lo hicieron la pirámide escalonada y la pista de hielo; un elefante articulado de mentira y un caballo de verdad… Todo esto y mucho más en una hora y media de música, canciones interpretadas en playback –sólo faltaría que encima cantasen– y coreografías quizá con movimientos demasiado convencionales, pero con una grandiosidad increíble. Plumas, lentejuelas, maquillaje, luces, efectos, picardías, homenajes a la Dietrich, guiños a Cats y Cabaret, etcétera, etcétera. Me imagino que un subidón de LSD se debe parecer mucho a esto.

Lo único negativo del music-hall es su erotismo machista, anacrónico y muy poco excitante en un género que no obstante tiene un considerable componente gay. En este sentido el musical es más políticamente correcto. Por lo demás, ningún musical produce el impacto visual de esta revista. Uno sale con las pupilas dilatadas y la mente en blanco. El music-hall no está hecho para reflexionar a la salida del teatro, sino para disfrutar dentro de él.

El music-hall no es teatro, pero sí es un espectáculo escénico; no puede ser el sustituto de Shakespeare, Moliere –o su negro, que ahora dicen que tuvo uno– y Lorca, pero sí del musical. Los music-hall son las comedias de magia del siglo XX –aunque estemos ya en el XXI–. Si van a ir una sola vez en su vida a un espectáculo de este tipo, no se gasten 60 euros en un musical; déjense un poquito más de pasta y disfruten de una gran revista parisien mientras beben champán sin descanso. Eso sí, tampoco lo tomen por costumbre, no vaya a ser que deje secuelas.

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