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Claudel y Kafka es uno de los últimos textos dramáticos de Fernando Arrabal, creo que el inmediatamente posterior a su triunfal Carta de amor (como un suplicio chino), que todavía sigue representándose. En esta pieza, Arrabal sitúa en conversación dialéctica a las puertas del cielo a dos escritores más o menos contemporáneos, pero totalmente distintos, hasta el punto de tener concepciones de la vida y la literatura contrapuestas –por lo que su diálogo se vuelve interesantísimo–. Uno es el exitoso autor católico Paul Claudel, de trayectoria aparentemente excepcional y cómoda, pero con puntos oscuros que iremos descubriendo. El otro es el judío Kafka, atormentado y fracasado en vida, con todos sus traumas al descubierto, pero que finalmente tras su muerte ha ganado los manuales de literatura universal frente a Claudel.
Hay un tercer personaje en liza, o mejor dicho un tercer intérprete. Se trata de una actriz que tiene que poner en pie a varias mujeres que tuvieron una importancia capital en la vida de ambos escritores. Por parte de Claudel, su amante Rosalie –tentación y objeto de pecado– y su hermana Camille –escultora, mujer genial y amante de Rodin, que pasó la mayoría de su vida recluida en un manicomio con el consentimiento de su hermano–. Por parte de Kafka, Milena y la enfermera que le trató en sus últimos días. Hay que decir que hay una cierta desproporción en el tratamiento de las biografías de los dos escritores, con una mayor atención prestada a Claudel –quizá porque es quien tiene más remordimientos–. En cualquier caso, las vidas y las obras de ambos quedan bien engranadas en la acción y, en unas pocas alusiones, el lector/espectador se apropia de ellas.
El texto es impecable, tal y como nos tiene acostumbrados el autor. Hay también una preocupación por la dirección artística que lleva a que el propio Arrabal proponga dos enfoques escenográficos de la obra: uno espectacular, con efectos y respeto a los detalles del texto, y otro más sencillo, para una representación underground. Con un lenguaje soberbio y una perspectiva escénica dinámica, Fernando Arrabal ha construido otra obra maestra más. Lastima que la edición, plagada de erratas y errores tipográficos, no acompañe.
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