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LITERATURA > PUNTOS DE VISTA ENCONTRADOS: JODOROWSKY

¿Jodorowsky quiere ser Castaneda?
por Eugenia Quintanero

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Desde que Siruela decidió convertirse en la editorial de Jodorowsky, la imagen pública de este chileno-parisino ha cambiado mucho en nuestro país. De ser simplemente un escritor brillante procedente del Pánico, se ha ido convirtiendo en una especie de sanador. O mejor, en una especie de gurú para intelectuales (originarios, algunos de ellos, de las procelosas aguas de la progresía).

Su reciente intervención en el programa de Sánchez Dragó -a propósito de la re-edición de Psicomagia- ha provocado las reacciones más encendidas. Desde amor y fervor eterno, sobre todo en el sector femenino (lo que ha repercutido, sin duda, en la venta del texto), hasta rechazo y críticas severas por lo que su actuación tuvo de farsa curandera.

Y no está muy descaminada esta última postura. El comportamiento de Jodorowsky, ante las cámaras, llevando a cabo un acto de psicomagia con dos mujeres, conoció momentos de boato telepredicador. Semiótica de barraca, diría alguien por ahí. Y es cierto: la actitud física del maestro o el discurso dirigido a estas dos mujeres no andaban muy lejos de la engañifa de feria: una mezcla de impudicia, privacidad hecha pública (es decir, pornografía) y protocolo de autoayuda. Sin embargo, sería bastante simplista quedarse sólo ahí.

Volviendo a ver el vídeo, uno observa detalles interesantes. Por ejemplo, que detrás del discurso teórico y psicomágico del escritor se esconden básicamente los principios más importantes del psicoanálisis. La psicomagia responde, por tanto, a la teoría freudiana, pero sin excesos, sin abusos castrantes y, sobre todo, construida con un lenguaje, cuando menos, literario. La psicomagia se organiza, pues, como un saber a medio camino entre los presupuestos de Freud y el ramalazo haiku, sin olvidar, por supuesto, las enseñanzas de Castaneda. Es decir, verdades universales encerradas en un cuerpo psicoanalítico. Y en este sentido, si Jodorowsky sólo fuera un vendedor de biblias, seguiría el protocolo teatral (y verbal) de los telepredicadores, que consiste en acercarse al paciente y establecer certezas cerradas sobre su vida presente, pasada o futura. O lo que es lo mismo, predecir un futuro único y unidireccional. Sin embargo, Jodorowsky, más allá de esto, busca enfrentar al paciente con sus miedos para que sea el propio paciente el que decida qué camino tomar una vez asumida la raíz de su problema, de su desequilibrio o de su duda. Y básicamente es ésta la clave del psicoanálisis. Eso sí, insisto, Jodorowsky recurre a un discurso expresivo de clara voluntad literaria.

Jodorowsky, no lo olvidemos, defiende el arte como algo terapéutico: la belleza como forma de liberación, como forma de sanación. Si uno vuelve a ver el programa se da cuenta de que tras toda esa parafernalia, tras esta semiótica escénica, se oculta algo elemental y, si queremos, básicamente cristiano. Tras todo el andamiaje psicomágico, se esconde una verdad tan sencilla como arraigada en nuestra cultura: la creencia de que la palabra, si no sana, al menos abre puertas. Una palabra tuya bastará para orientarme, puede ser el slogan publicitario del escritor. Calificarlo de charlatán demuestra no haber leído ninguno de sus libros y desconocer los principios teóricos por los que se rige su visión del universo. De hecho, más allá de psicomagias, el currículum de Jodorowsky queda fuera de dudas. Si uno se enfrenta a Donde mejor canta un pájaro, descubre que lo que se entiende por literatura mágica cobra otra dimensión cuando entra en el mundo judío. Jodorowsky no es un García Márquez del tres al cuarto. Jodorowsky consigue que la Torá se travista en novela. Y eso es mucho más que meritorio. Pero por si esto fuera poco, el libro de marras, Psicomagia, supone una colección de reflexiones tan profundas y acertadas que resulta imposible dudar de la credibilidad del autor. Teatro, literatura, arte, creatividad, familia… todo es tratado con el rigor, el talento y la capacidad de sorpresa de alguien que sabe lo que dice y que sabe cómo hay que decirlo. ¿Jodorowsky quiere ser Castaneda? Por supuesto, pero su forma de entender lo chamánico es un paso intermedio entre la irracionalidad mexicana (país donde el chileno ha pasado muchos años) y el rigor ordenado de Occidente.

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