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MONOGRÁFICO > EL SEXO EN EL CINE

El imperio de los sentidos

Título original: Ai no corrida.
Director: Nagisa Oshima. País: Japón. Año: 1976.
Intérpretes: Tatsuya Fuji, Eiko Matsuda, Aio Nakajima, Meika Seri (...)

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Hace mucho tiempo que vi El imperio de los sentidos, sin embargo, hay imágenes de esta película que, quizás, por mi juventud de entonces se han quedado para siempre impregnando ´esa retina visual-cinematográfica` que todos los que amamos el cine tenemos almacenada.

En aquellos años de recién estrenada libertad en España, pudimos ver la película de Oshima casi al mismo tiempo que El último tango en París de Bertolucci. Para los españolitos se convirtieron en dos referentes de películas eróticas cargadas de contenido. Pero si Bertolucci nos hablaba de la introspección, de la soledad y el sexo que exponía era sugerente, Nagisa Oshima nos ofrecía sexo explícito, frío, en un ´in crescendo` que nos llevaba hasta ese final donde todo es lícito con tal de conseguir el absoluto placer físico.

En una primera vuelta , la película de Oshima nos narraba, uno por uno, los innumerables coitos que Sada y Kichi realizan a lo largo de los 105 minutos que dura la cinta. El sexo es mostrado sin ocultación, como sólo lo hace el cine pornográfico, lo que hizo que las autoridades japonesas llevasen a juicio a su director en 1979. Durante el proceso, Nagisa Oshima no aceptó nunca establecer la diferencia entre obra de arte y obscenidad. Su defensa se basó en el uso de la liberad en su sentido más amplio, afirmó que la obscenidad sólo existe en la mente de los fiscales y en quién la reprime y que en el mundo no hay ninguna cosa que sea en sí misma obscena.

El tratado sobre sexo que se hace en El imperio de los sentidos no es ni más ni menos que una búsqueda desesperada por conseguir el máximo placer desde el ejercicio más puro de la libertad de los protagonistas. La anécdota del mutuo ´encoñamiento` por parte de Kichi y su criada Sada con el posterior abandono de la esposa por parte del primero y el comienzo de un peregrinar marcado por las relaciones sexuales en pareja, en trío o en grupo, se queda en nada cuando la película va demostrando que lo que se pretende es comenzar, en relación de igualdad el hombre y la mujer, un viaje hacia el placer absoluto, que, en el fondo, es lo que muchos hemos soñado y que gracias al cine podemos vivirlo. En este camino, nos encontramos escenas inolvidables como la del huevo en la vagina de Sada.

Como no puede ser de otra manera, incluso en una mente tan poco burguesa como la de Oshima, esta insaciable búsqueda del deleite acaba en una locura desbordada que hace que podamos presenciar la película sin asustarnos de nosotros mismos.

Este duelo entre un hombre y una mujer, mal que me pese porque no me gustan los toros, el director lo vio como una corrida (de toros). Un ruedo, esas habitaciones japonesas sin apenas muebles, y dos personajes enfrentados el uno al otro para darse placer. Llegando, al final, a la inmolación de uno de ellos con el corte (perdonen el chiste malo) de ´las dos orejas y el rabo`. Si no me creen, les recuerdo que la película, en japonés, se llama Ai no corrida y, evidentemente, la última palabra está sacada de un correctísimo español. Cuando se tradujo a otros idiomas se siguió el título con la que el productor francés Anatole Dauman la comercializó en el país vecino.

Nagisa Oshima conoció un éxito sin precedentes para el cine nipón en Occidente con esta cinta que, para algunos, a pesar del sexo explícito, no le encuentran ningún erotismo e, incluso, la perciben con cierto desagrado debido a la crudeza del contenido.

Con unas imágenes bellísimas y un dominio de los colores fríos, el director japonés volvió, cuatro años después de El último tango en París a remover los cimientos de la sociedad burguesa de los finales de los setenta.

A mí, treinta y un años después, aún me sigue perturbando esta insólita historia, basada en un hecho real que ocurrió en 1936 y que nos sirvió para descubrir que la imaginación tiene muchos campos para ser disfrutada.

Posdata: Después de ver la película, comerse un huevo duro tiene una dimensión insospechada.

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