La obsesión de Sade no era el sexo, sino el poder. El sexo era el medio con el que ejercer ese poder y, sobre todo de enfrentarse al Poder, con mayúscula: los estamentos, la justicia, las costumbres. Su literatura hoy, que estamos ya cansados de haberlo visto todo, nos ofende muy poco, nos repugna lo justo, y tal vez por eso podemos ver claramente al moralista que dirigía la mano, la lengua y el pene de aquel libertino.
Ensalzado por los surrealistas, que vieron en él al adelantado de la provocación como forma de arte, Sade tiene hoy las municiones gastadas, tanto como los propios surrealistas. Hacia el final de su vida Buñuel tuvo un último encuentro con Breton y el santón del grupo se despidió de Buñuel, sadiano confeso, con esta frase: ´desengáñate, el escándalo ya no es posible`. La provocación se ha multiplicado hasta el infinito, se ha hecho infinitesimal, doméstica, y como toda subversión se ha diluido al pasar del gueto de lo prohibido al consumo de masas. Pasando del underground al pop, se ha abaratado.
La provocación al Poder mediante el sexo es lo gastado de Sade, y hoy habría que buscar otra forma de provocación para ser reprendido como lo fue el marqués en su tiempo.
Su enfrentamiento con el Poder se convierte en sistemático, siempre mediante el sexo, siempre atacando lo más peligroso, a los defensores de la virtud, a aquellos que no pueden dejar pasar la ofensa del libertino porque tienen en las reglas del juego su propio beneficio y son a quienes la actitud de Sade puede dejar con el culo al aire. Así, su suegra, Madame de Montreuil, se convierte en su sombra delatora, su enemiga del alma hasta el final de sus días, no tanto por defender a su hija sino por defender el honor de la familia. La suegra tolera las aberraciones del marqués mientras no salpiquen, pero tras su primera detención le declara la guerra. El honor público de la familia era el certificado de salubridad que debían presentar las jóvenes casaderas para conseguir marido, y la suegra de Sade veía que no iba a haber forma de casar al resto de sus hijas solteras con un deshonrador profesional cerca de ellas.
A Sade lo enchironan los tres regímenes sucesivos, la monarquía, por sodomía y sacrilegio, la República por falso patriotismo, y finalmente Napoleón lo encierra en un manicomio de por vida bajo el insólito diagnóstico de ´demencia libertina`.
Para todos, como vemos, era un peligro. Y repetimos, el sexo era solo el medio de expresar una rebeldía más profunda. Por eso generaciones de adolescentes se han desengañado buscando en sus libros un acicate libidinoso. Su estilo es pericial, frío, mental. No alienta la lectura a una sola mano. Para Sade el sexo extremo es parte de su educación sentimental. Sus modelos de virtud fueron su padre y su tío, a cual más rijoso. El padre, que se solazaba expresando su bisexualdad en lúbricos poemas, fue detenido por intentar desflorar a un muchachito, y en cuanto a lo que esperaba de su descendiente, escribió: ´si mi hijo fuera fiel, me sentiría ultrajado`. El tío, al que llamaban el ´Sibarita de Saumane`, y con el Sade vivió de los seis a los diez años, daba ejemplo manteniendo como amantes en su propia casa, y al mismo tiempo, a una mujer, a su hija y a la criada. Su ansia folladora no paraba en casa, sino que se extendía a los prostíbulos, donde fue detenido varias veces por sus excesos, dando al chico una primera asociación de ideas: sexo-escándalo.
Eran tiempos de ludibrio general, en los que la orgía se había instituido en el deporte nacional de la aristocracia. Una aristocracia que exprimía así sus últimos días de placer mientras la historia iba alzando la sombra de la guillotina. Sade practica ese deporte nacional, pero le da sus propias reglas, y lo convierte así en subversivo. Juega con los símbolos y realiza su obra maestra de orgía conceptual con un resultado pasmoso, ser tan perverso que logra escandalizar a una prostituta, quien lo denuncia. La puta se vuelve mojigata cuando Sade mezcla sexo y religión, se masturba en un cáliz y la penetra con un crucifijo.
Ahí empieza una carrera loca de abusos a criadas, putas, a su propia cuñada, hasta que es condenado a muerte y escapa a Italia para evitar el castigo. La sentencia se ejecuta ajusticiando un muñeco, el Estado era el primero en hacer teatro, igual que Sade teatralizaba el sexo en sus orgías, en una performance de body art sangriento. Sade estetiza el acto sexual y juega con los símbolos para mostrar el efecto del abuso del Poder. Lo convierte en arte. Por supuesto no dirían lo mismo las putas y las criadas a las que vejaba, sus víctimas, que no le veían ni pizca de gracia al asunto. Y ese es el peligro de Sade, que viene a decir que sus abusos son una metáfora de los abusos de las instituciones, de la iglesia, del matrimonio, del Estado, de la guerra, que convierten en putas y criadas sometidas a los ciudadanos.
Tras ser ´ejecutado` consigue volver a Francia, pero a costa de perder todos sus derechos. Y no dura mucho en libertad. Lo recluyen en La Bastilla donde pasa trece años, hasta que la Revolución lo libera, no tanto por condescendencia con él, sino porque tiene la suerte de estar cautivo en un símbolo del antiguo régimen que los revolucionarios quieren abolir, dejándolo vacío de presos. En esa larga clausura, sin carne femenina que lacerar al alcance de la mano, Sade encuentra el placer en la recreación de sus fantasías y es cuando nace el escritor. Se pasa 13 años escribiendo y comiendo sin parar, suple el ejercicio de la lujuria por el de la gula y se convierte en un obeso incapaz de moverse por sí mismo que va apilando volúmenes de novela y ensayo en un rincón de la celda. La mayoría se pierden durante el incendio de La Bastilla, mientras varios revolucionarios acarrean al orondo marqués fuera de la fortaleza en llamas.
Su liberalismo es bien visto por los revolucionarios, que le tienen en cuenta haber escrito frases como: ´La idea de Dios es el único error por el cual no puedo perdonar a la humanidad`. Así, se le permite meterse en política, estrenar un par de obras en la Comedie Francaise, publicar Justine o los Infortunios de la Virtud, y al llegar la época del terror de Robespierre, es de los pocos aristócratas que conservan la cabeza unida al tronco y sólo recibe una ligera condena.
Las guarrerías de sus novelas encuentran tolerancia bajo el paraguas revolucionario y vive sus únicos años de escritor reconocido. Pero pronto llega Napoleón, decidido a meter al país en cintura y se lo quita de en medio. Esta vez será por el escándalo de la edición de Juliette, presentada como continuación de Justine. La novela es confiscada y el autor es definitivamente internado en un manicomio, donde pasa los 13 restantes años de su vida. Es un enfermo sin tratamiento, su posible patología es él mismo, su maldad es su esencia. Pero al menos es una maldad lúcida, explícita, que quiere ser la catarsis del lector ante otros tipos de maldad más subrepticios. Baudelaire, hablando de Sade, decía: ´La maldad consciente de sí misma, es menos horrible y más cercana a la curación que la maldad que se ignora`.
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