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LITERATURA > CRÍTICA DE LIBROS

QUERELLE DE BREST de Jean Genet
por Antonio Jesús Luna

ODISEA, 2003

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Jean Genet era, ante todo, un gran publicista. O mejor, un gran autopublicista. La historia de su vida y la historia de su literatura es una carrera imparable por convertirse a sí mismo en mito literario y, sobre todo, por convertirse en un personaje público amoralmente “non grato”. Y para ello, nada mejor que hacer campaña social, literaria y ética de lo desviado, lo marginal, lo depravado o lo despreciado. Su defensa del crimen, de la traición o del asesinato, más que una actitud, es una declaración de intenciones, un manifiesto ideológico: una especie de tabla de Moisés para los amantes del hampa. La idea de la traición poliédrica (el traidor que traiciona al traidor, que traiciona al traidor) es -en la literatura de Genet y, por ende, en su propia biografía- una especie de unidad de medida con la que calibrar, por ejemplo, la profundidad de sus personajes; en este caso, la profundidad de George Querelle.

Pero más allá de universos paralelos de moralidad carcelaria y suciedad de puerto, la obra de Genet conoce la fuerza del tipo con talento. Por tradición cultural, se nos ha dado la idea de un Jean Genet exclusivamente esteta de la depravación. Lo que inevitablemente ha hecho que su lado literario -tanto el teatral como el narrativo- queden en un segundo plano. Sin embargo, una vez que uno entra de lleno de QUERELLE DE BREST, la fuerza del discurso, el engranaje de los personajes y, sobre todo, la figura del narrador nos descubren un libro que va más allá de lo que se nos ha vendido como literatura gay o narrativa homosexual. La novela de Genet es tan sumamente inteligente que ponerle etiquetas supone limitar la adimensionalidad de sus posibilidades creativas.

No hay duda de que Genet es una máquina de metáforas. La facilidad del autor para establecer paralelismos y asociaciones sorprende, desconcierta y, en algunos momentos, noquea. La niebla, el lupanar La Fêria, los barcos, los marineros, la policía corrupta, etc, o lo que es lo mismo, el universo decadente del puerto de Brest multiplica su fuerza mugrienta a través de una imaginería impagable.

Pero si Genet demuestra en esta novela ser un escritor aventajado, sin duda, se debe a la posición que toma su narrador. Como un observador distanciado, el narrador no sólo describe a los personajes y sus propios infiernos, sino que nos desvela el secreto literario de cada uno de ellos. Es decir, antes de que la acción mueva ficha sobre el tablero de Brest, el narrador nos anticipa cada movimiento, a la vez que nos descubre las claves argumentales que hay detrás. Algo así como si este narrador quisiera eliminar de la novela toda tensión o toda intriga para que el lector observe con distancia y sin implicaciones. Muy brechtiano: el lector limitado a mirar con objetividad y, por tanto, con rigor no-emocional. Insito, algo muy brechtiano, si no fuera porque Genet pretende justamente lo contrario que Brecht. El autor francés recurre a fórmulas literarias cercanas al dramaturgo alemán, pero -y aquí está la grandeza contemporánea de esta novela- con una intención opuesta: desconcertar tanto al lector que éste, desde su supuesta objetividad distanciada, asuma cada uno de los personajes desde un lado extremadamente visceral. Genet no quiere a un lector que se distancie, ni a un lector que se identifique. Genet busca un lector que asuma visceralmente las contradicciones de un universo estudiadamente desviado. Algo que han hecho Tom Spanbauer en EL HOMBRE QUE SE ENAMORÓ DE LA LUNA o, desde otro ángulo totalmente distinto, Coupland en GENERACIÓN X, pero claro, Genet lo hizo en 1953. Genet no busca a un lector que participe en la trama. Genet quiere a un lector que sea, en sí mismo, todos los personajes.

Antonio Jesús Luna

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